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Hijo de un posadero de Le Roncole, nacido en 1813, Giuseppe Verdi llegó a ser algo más que el compositor de ópera más querido de Italia: fue la conciencia musical de una nación que estaba naciendo. Cuando murió en Milán, en 1901, una multitud inmensa salió a las calles a despedirlo.
Verdi contó muchas veces cómo, en su hora más oscura, tras perder a su esposa y a sus dos hijos y fracasar con una ópera cómica, arrojó sobre la mesa el libreto de Nabucco y el manuscrito se abrió en un verso: Va, pensiero, sull'ali dorate. De aquel coro de esclavos que sueñan con su patria perdida nació, en La Scala en 1842, su primer triunfo, y algo más: los italianos, entonces divididos y ocupados, lo adoptaron como himno íntimo.
Vinieron después los años que él mismo llamó de galeras, componiendo ópera tras ópera a ritmo forzado, hasta la madurez fulgurante de Rigoletto, estrenada en La Fenice de Venecia en 1851. En el bufón jorobado que ríe por fuera y se desangra por dentro, Verdi encontró su tipo de héroe: los humillados a los que la música devuelve una dignidad que el mundo les niega.
La Traviata, estrenada también en La Fenice en 1853, fracasó la primera noche, entre otras cosas porque el público no aceptó lo que Verdi proponía: una ópera sobre el presente, con una cortesana de corazón inmenso como heroína y los salones de París como decorado. Un año después, repuesta con otro reparto, comenzó la carrera que la ha llevado a ser una de las óperas más representadas del planeta.
Violetta Valéry, que sacrifica su amor para salvar el honor de una familia que la desprecia, es quizá el personaje más conmovedor de todo el teatro verdiano. En su último acto, la orquesta se adelgaza hasta casi el silencio: Verdi, que sabía llenar teatros con marchas triunfales, sabía también que la muerte de una mujer sola pide apenas un hilo de cuerdas. Esa doble sabiduría es todo Verdi.
En Allegro Spatial, La Traviata, Rigoletto y Nabucco reúnen tres destinos verdianos: la cortesana, el bufón y el pueblo que sueña con su patria.