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Frente al Palacio Real, en la Plaza de Oriente, el Teatro Real preside la vida lírica española desde 1850. Su historia, hecha de esplendores, silencios y renacimientos, es también la historia musical de Madrid: pocas casas de ópera han muerto y resucitado con tanta elegancia.
Isabel II inauguró el teatro en noviembre de 1850, y durante tres cuartos de siglo el coliseo de la Plaza de Oriente fue escala obligada de las grandes voces y estrellas de su tiempo. En 1925, problemas estructurales obligaron a cerrarlo, y comenzó una travesía del desierto de décadas: obras interminables, usos provisionales, años de sala de conciertos, mientras Madrid soñaba con recuperar su ópera.
El sueño se cumplió en 1997: el Real reabrió como teatro de ópera, con maquinaria escénica de vanguardia dentro de su caparazón isabelino. Desde entonces ha recuperado el tiempo perdido con ambición: repertorio de referencia, estrenos contemporáneos, repartos internacionales y una identidad propia que le ha valido el reconocimiento del circuito internacional. La casa vieja y nueva a la vez mira al palacio de igual a igual.
El Real de hoy no se conforma con el gran repertorio italiano y alemán: su cartelera viaja del barroco a la creación actual, y ha hecho del riesgo escénico una seña de identidad, convocando a los directores de escena más discutidos y celebrados del momento. El público madrileño, apasionado y discutidor como corresponde, convierte cada estreno en acontecimiento.
Entre sus frutos recientes brilla Eugenio Oneguin de Chaikovski, las escenas líricas de Pushkin, donde la nostalgia rusa encuentra en el escenario madrileño una caja de resonancia inesperada. Que una carta de amor escrita en una noche de fiebre rusa conmueva igual en la Plaza de Oriente dice algo hermoso de la ópera: las fronteras se quedan siempre en el guardarropa.
En Allegro Spatial, Eugenio Oneguin y las óperas del Teatro Real acercan la Plaza de Oriente a todos los escenarios del mundo.