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Compositor

Maurice Ravel, el relojero de los sueños

Dominio público / Domaine public · Wikimedia Commons

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Nació en 1875 en Ciboure, a un paso de la frontera vasca, y murió en París en 1937. De su madre vasca heredó el gusto por España; de su padre ingeniero, la pasión por los mecanismos perfectos. De ambas herencias nació una música de precisión absoluta y misterio intacto.

La perfección como cortesía

Stravinski lo llamó relojero suizo, y el apodo, aunque malicioso, dice una verdad: Ravel pulía cada compás hasta que ninguna costura quedara a la vista. Pequeño, elegante, coleccionista de juguetes mecánicos y objetos diminutos en su casa de Montfort-l'Amaury, trabajaba despacio y publicaba poco. Decía que su objetivo era la perfección técnica, sabiendo que nunca la alcanzaría: por eso, añadía, había que acercarse a ella sin descanso.

Esa exigencia no era frialdad sino pudor. Bajo las superficies impecables de su música laten ternuras que el compositor jamás habría confesado en palabras: la infancia perdida de Ma mère l'Oye, la melancolía de la Pavana, el desgarro escondido en los conciertos para piano. Ravel guardaba el corazón bajo llave y dejaba que la música, solo ella, tuviera la copia.

Un vals al borde del abismo

La Valse, terminada en 1920, comenzó como homenaje al vals vienés y acabó siendo otra cosa: un torbellino que gira cada vez más rápido hasta desintegrarse. Ravel imaginaba una corte imperial girando entre nubes que se rasgan poco a poco; Europa acababa de salir de la Gran Guerra, y muchos oyeron en esa danza magnífica y desbocada el retrato de un mundo que bailaba mientras se derrumbaba.

Sus dos conciertos para piano, compuestos a la vez hacia 1930, muestran las dos caras del mago: el Concierto en sol, chispeante, tocado de jazz, con un adagio de serenidad casi mozartiana; y el Concierto para la mano izquierda, escrito para Paul Wittgenstein, pianista que había perdido el brazo derecho en la guerra, donde una sola mano levanta catedrales de sonido. Precisión y vértigo: Ravel entero.

En Allegro Spatial, los conciertos para piano de Ravel y el torbellino de La Valse esperan su turno en la programación.

Ravel en Allegro Spatial

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