Dominio público / Domaine public · Wikimedia Commons
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Componer una sinfonía, le dijo a Sibelius, es construir un mundo con todos los medios disponibles. Gustav Mahler, nacido en Bohemia en 1860 y muerto en Viena en 1911, cumplió esa promesa nueve veces, y dejó una décima inacabada como quien deja una puerta entornada.
Durante una década, de 1897 a 1907, Mahler dirigió la Ópera de la Corte de Viena con un rigor que hizo época y le ganó tantos enemigos como admiradores. Componer, en cambio, era asunto de veranos: en cabañas minúsculas levantadas junto a lagos y bosques de Austria, lejos de los teatros, escribía a marchas forzadas las sinfonías que el invierno le impedía siquiera rozar. Un titán a tiempo parcial.
En esas casitas de una sola habitación cabía el universo. Mahler necesitaba silencio absoluto para convocar todos los ruidos del mundo: cantos de pájaros, charangas militares, corales celestiales, valses vulgares, marchas fúnebres. Sus sinfonías mezclan lo sublime y lo callejero sin pedir disculpas, y esa impureza, que escandalizaba a sus contemporáneos, es exactamente lo que hoy nos suena a verdad.
Mahler lo dijo con una serenidad extraña en un hombre tan poco sereno: mi tiempo llegará. Durante medio siglo pareció una fanfarronada; sus sinfonías se programaban poco, juzgadas excesivas, sentimentales, interminables. Hubo que esperar a los años sesenta, con campeones como Leonard Bernstein, para que la profecía se cumpliera y aquellos mundos sonoros encontraran por fin a su público, que resultó ser inmenso.
Quizá porque cada sinfonía suya hace las preguntas que no prescriben. La Segunda pregunta por la resurrección, la Quinta abre con una marcha fúnebre y desemboca en el adagietto más amado del repertorio, la Novena se despide del mundo en un hilo de sonido que tarda minutos en apagarse. Escuchar a Mahler sigue siendo una experiencia desmesurada: se entra oyente y se sale otro.
En Allegro Spatial, las sinfonías de Mahler despliegan sus mundos sonoros a lo largo de toda la programación.