Foto: Oast House Archive · CC BY-SA 2.0 · Wikimedia Commons
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En plena campiña de Sussex, entre ovejas y colinas suaves, se esconde uno de los festivales de ópera más exquisitos del mundo. Glyndebourne nació en 1934 de una historia de amor, y esa cortesía originaria sigue impregnando cada una de sus veladas.
John Christie, terrateniente melómano, conoció a la soprano Audrey Mildmay durante unas representaciones caseras en su mansión, se casó con ella y decidió construirle un teatro de verdad junto a la casa. El festival abrió en 1934 con Las bodas de Fígaro, y desde el primer día impuso una exigencia insólita: ensayos largos, repartos escogidos, la ópera tratada como artesanía de precisión y no como desfile de divos.
La institución creció fiel a ese espíritu. En 1994, justo sesenta años después, un nuevo teatro de mil doscientas localidades, cálido de ladrillo y madera, sustituyó al original sin traicionar su escala humana. Glyndebourne sigue siendo un festival de propiedad familiar, y se nota: aquí nadie ha olvidado que todo empezó con un hombre que quería oír cantar a su mujer en casa.
La liturgia de Glyndebourne es única: el público, en traje de noche, llega con tiempo para pasear entre parterres y esculturas, y a mitad de la ópera un intervalo largo, de hora y media, invita a cenar sobre el césped, cesta de pícnic y mantel al viento, con las ovejas pastando al fondo. La ópera se funde así con el verano inglés en un rito que ninguna otra casa ha sabido copiar.
Que nadie confunda la elegancia con la tibieza: sobre este escenario se han forjado producciones legendarias de Mozart, compositor tutelar de la casa, junto a lecturas audaces de Britten, Händel o Janáček, y por su foso pasan orquestas de primer rango. Glyndebourne demuestra cada verano que el rigor artístico y el placer de vivir no son rivales sino cómplices.
En Allegro Spatial, las óperas del festival de Glyndebourne traen consigo el césped, el crepúsculo y la excelencia de Sussex.