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A dos pasos del lago Lemán, entre pinos y abedules, se alza en Évian una sala de conciertos que parece salida de un cuento ruso: La Grange au Lac, un granero soñado, todo madera, construido en 1993 para la música y para un músico.
El músico era Mstislav Rostropóvich, alma de las Rencontres Musicales d'Évian, y el arquitecto, Patrick Bouchain, que levantó la sala en pocos meses con una libertad gozosa: cedro y abedul, troncos como columnas, un interior que evoca a la vez una isba rusa, una carpa de circo y el casco invertido de un navío. Nada de mármoles ni terciopelos: la madera desnuda, y en medio la música.
Rostropóvich quería un lugar donde los mayores intérpretes del mundo tocaran como entre amigos, y lo consiguió. La sala guarda memoria de sus veladas y de las de los ilustres invitados que atrajo a la orilla saboyana del Lemán. Hay algo de utopía cumplida en este granero de lujo: la solemnidad se queda en la puerta y la emoción entra sin llamar.
Los acústicos saben que la madera envejece bien, y La Grange au Lac lo confirma cada verano: el sonido, cálido y cercano, envuelve al oyente como la resonancia de un instrumento gigante, pues eso es en el fondo la sala, un violonchelo habitable. Los abedules plantados en el interior y la luz que se filtra entre los troncos completan la sensación de concierto en un bosque.
Renacido con nuevo impulso, el festival de Évian reúne hoy cada verano a orquestas, cuartetos y solistas de primera fila que llegan atraídos por esa mezcla irrepetible de intimidad y naturaleza. Entre el rumor del lago y el perfume de la resina, la música de cámara recupera aquí su sentido literal: música entre cercanos, en la cámara más hermosa que pueda imaginarse.
En Allegro Spatial, los conciertos del festival de Évian resuenan en la madera cálida de La Grange au Lac.