La mujer sin sombra (Die Frau ohne Schatten) es una ópera en tres actos de Richard Strauss, con libreto de Hugo von Hofmannsthal, estrenada en 1919 en la Ópera Estatal de Viena. Una emperatriz de origen sobrenatural no proyecta sombra, señal de que no puede tener hijos; si no consigue una en tres días, su esposo quedará convertido en piedra. Su búsqueda entre los humanos forma un cuento filosófico sobre la fecundidad y la compasión.
Acto I. La Emperatriz, hija del rey de los espíritus Keikobad, vive con el Emperador sin proyectar sombra. Un mensajero anuncia el plazo: tres días para conseguirla, o el Emperador se convertirá en piedra. La Nodriza conduce a la Emperatriz al mundo de los hombres, a la casa del tintorero Barak, cuya esposa, insatisfecha con su vida, podría vender su sombra.
Acto II. La Nodriza tienta a la mujer del tintorero con la visión de un amante y de una vida sin cargas. Barak, generoso y paciente, no comprende el cambio de su esposa. La Emperatriz, testigo de la bondad del tintorero, empieza a sentir culpa por el pacto. Cuando la mujer grita que ha vendido su sombra, Barak alza por primera vez la mano contra ella; las aguas invaden la casa y todo se hunde en la oscuridad.
Acto III. En el reino de Keikobad, Barak y su mujer, separados, se buscan arrepentidos. La Emperatriz enfrenta la prueba final: puede beber el agua de la vida y quedarse con la sombra de la mujer del tintorero, pero se niega, incluso al ver al Emperador casi petrificado. Esa renuncia lo salva todo: ella recibe una sombra propia, el Emperador revive y las dos parejas se reúnen mientras cantan las voces de los hijos por nacer.
Hofmannsthal concibió el libreto como un cuento simbólico a la manera de La flauta mágica, con dos parejas de mundos opuestos: la imperial y la de los artesanos. Strauss compuso la partitura durante la Primera Guerra Mundial, y el estreno llegó el 10 de octubre de 1919 en Viena, bajo la dirección de Franz Schalk. Por su orquesta enorme y sus exigencias escénicas, la obra quedó durante años reservada a los grandes teatros.
Strauss pide una orquesta muy numerosa y de timbres poco habituales, con celesta y armónica de cristal. Destacan los interludios orquestales, el monólogo de la Emperatriz en el tercer acto y las escenas de Barak, de un lirismo cálido que contrasta con el mundo de los espíritus. Las voces de los hijos por nacer y los coros invisibles crean un clima sonoro que no se parece al de ningún otro título de Strauss.
Es una obra exigente que recompensa el esfuerzo: un relato sobre lo que significa aceptar la vida del otro, contado con medios orquestales fuera de lo común. Cada nueva producción es un acontecimiento por su dificultad. Para quien ya conoce Salome o El caballero de la rosa, es el paso siguiente natural.
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