La Sonata Claro de luna es la Sonata para piano n.º 14 en do sostenido menor, opus 27 n.º 2, de Ludwig van Beethoven. La compuso en Viena en 1801 y la publicó en 1802, dedicada a su alumna, la condesa Giulietta Guicciardi. Beethoven la tituló Sonata quasi una fantasia. El apodo llegó más tarde: el crítico Ludwig Rellstab comparó el primer movimiento con la luz de la luna sobre el lago de Lucerna, y el nombre quedó para siempre.
Beethoven tenía treinta años y vivía en Viena cuando escribió esta sonata. Eran años difíciles: empezaba a notar la pérdida de audición que marcaría el resto de su vida. La dedicatoria a Giulietta Guicciardi, una joven aristócrata que fue su alumna de piano, alimentó desde temprano la leyenda romántica en torno a la obra.
El título que eligió el propio compositor, quasi una fantasia, es una declaración de intenciones. Anuncia que la sonata no seguirá el orden habitual de la época, y que la música fluirá con la libertad de una improvisación escrita.
El primer movimiento, Adagio sostenuto, es el más célebre. Sobre un vaivén continuo de tresillos flota una melodía grave, casi un canto fúnebre, que debe tocarse en voz baja de principio a fin. El segundo, Allegretto, es un intermedio breve y amable, una danza ligera que da un respiro entre dos climas oscuros.
El tercer movimiento, Presto agitato, descarga toda la tensión acumulada. Sus arpegios ascendentes y sus acentos violentos exigen al pianista una técnica y un temple considerables. Es el destino real de la sonata: lo que empezó como contemplación termina en tormenta.
En 1801, una sonata solía abrirse con un movimiento rápido en forma de sonata. Beethoven invirtió el esquema: comenzó con música lenta y desplazó el peso dramático hacia el final. Ese gesto, que hoy parece natural, cambió la manera de pensar el género y anticipó el piano del romanticismo.
La obra también explora el instrumento de un modo nuevo. Beethoven pide tocar el primer movimiento con los apagadores levantados, es decir, con pedal constante, en busca de una resonancia difusa que los pianos de su tiempo producían de un modo muy particular.
Muchos oyentes conocen solo el primer movimiento. Vale la pena escuchar la sonata entera, que dura unos quince minutos: el contraste entre el adagio inicial y el presto final es el corazón de la obra, y solo se percibe completo.
En concierto, la sonata sigue siendo una prueba de madurez para los pianistas. Cada intérprete decide cuánto misterio dar al comienzo y cuánta furia al final, y esa variedad de lecturas mantiene viva una música escrita hace más de dos siglos.
El catálogo de Allegro Spatial incluye un recital de sonatas grabado en el Festival de Verbier con Marc Bouchkov y Mao Fujita.