Christof Loy firma en el Teatro Real una puesta en escena elegante y minimalista de Arabella, última colaboración de Strauss y Hofmannsthal, con Jacquelyn Wagner y David Afkham en el foso.

Loy regresa al Teatro Real con una farsa sobre las apariencias
Magnífica ópera del compositor austríaco, en una producción del teatro madrileño procedente de la Ópera de Frankfurt, con un excelente elenco y una cuidada escena. Tras Rusalka y Capriccio, el director de escena alemán Christof Loy regresa al Teatro Real para inaugurar su nueva versión de esta comedia lírica, en una producción del coliseo madrileño procedente de la Ópera de Frankfurt.
La historia es como una farsa y juega con las apariencias. La familia Waldner está arruinada, la única solución es casar a su hija Arabella. Ella busca a su príncipe azul; cuando cree encontrarlo en la persona de un conde rico, se topa con la realidad muy distinta de un ser humano de carne y hueso. Arabella es una comedia trágica sobre la ilusión y la realidad, el amor y el sacrificio.
Jacquelyn Wagner, un gran elenco y el equipo de la producción
En su elegante y minimalista puesta en escena, Loy centra su atención en una interpretación virtuosa. Jacquelyn Wagner brilla en este repertorio. A su lado, grandes voces completan el elenco: Sarah Defrise, Martin Winkler, Anne Sofie von Otter, Joseph Wagner, Matthew Newlin, Dean Power, Roger Smeets, Tyler Zimmerman, Elena Sancho Pereg, Barbara Zechmeister, José Manuel Montero, Benjamin Werth, Niall Fallon y Hanno Jusek.
Junto a ellas, la Orquesta Sinfónica de Madrid, titular del Teatro Real, así como el Coro Intermezzo (Andrés Máspero, director), titular asimismo del coliseo madrileño. La dirección música es de David Afkham, que en ese momento ostentaba el cargo como director titular de la Orquesta Nacional de España. Herbert Murauer se encarga de escenografía y vestuario, con Reinhard Traub en el diseño de iluminación y coreografía de Thomas Wilhelm.
Strauss y Hofmannsthal: la última colaboración, en Dresde
Estrenada en la Semperoper (Sächsisches Staatstheater) de Dresde, en 1933, la comedia Arabella fue la última colaboración de Richard Strauss (1864-1949) y su gran libretista Hugo von Hofmannsthal (1874-1929). Aunque contiene ciertos elementos de farsa operística, la obra posee una gran elegancia y los viajes de sus personajes son conmovedores a su manera. El personaje que da nombre al título –una mujer honesta, pura, bienintencionada– es uno de los más atractivos y creíbles de la ópera.
Luis Gago y las seis mujeres de Hofmannsthal y Strauss
Comenta Luis Gago, en las notas al programa de esta producción del Teatro Real: «Cuesta creer que sea casual que las seis óperas en las que colaboraron Hugo von Hofmannsthal y Richard Strauss estén todas protagonizadas (ya incluso de manera explícita desde los títulos de cinco de ellas) por otras tantas mujeres vagamente emparentadas: Electra, Marie-Thérèse, Ariadna, la emperatriz/la mujer de Barak (ambas sin nombre y concebidas casi a modo de anverso simbólico y reverso real), Helena y Arabella.»
«Las seis mujeres son de estirpe regia o, cuando menos, aristocrática, y la más baja en el escalafón nobiliario es, sin duda, Arabella, hija de un conde y pretendida por otros tres, pero utilizada como moneda de cambio para salvar a su familia de lo que parece una decadencia y ruina inevitables, reflejo quizá de las que parecían amenazar a la propia Viena, que pasó de ser la capital de un vasto imperio secular a verse fagocitada en 1938 por una potencia vecina como un cromo que se pega en un álbum que se quería milenario y que, por fortuna, fue efímero, aunque salvajemente destructivo. Pero ni Strauss ni Hofmannsthal quisieron nunca hacer arte político, sino, por decirlo con la expresión elegida por el compositor, plantear el que sería su último proyecto en común como una agradable ‘comedia lírica’».
Una partitura lírica con soliloquio y final de perdón
La partitura de Arabella es hermosa y encantadora, con una riqueza de melodías líricas perfectamente adaptadas a las exigencias de la historia y los personajes. Los dominios más exaltados de Strauss –su escritura para la voz de soprano y para la orquesta– son magníficamente evidentes a lo largo de esta partitura, con el soliloquio introspectivo del personaje principal en el acto I, como un ejemplo impresionante de su calidad. También recurre a la orquesta para crear efectos inolvidables, sobre todo en la conmovedora escena final, en la que el oyente es transportado a una experiencia musical de perdón, sabiduría y florecimiento del amor verdadero.


