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Compositor

Wolfgang Amadeus Mozart, la gracia que no envejece

Dominio público / Domaine public · Wikimedia Commons

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Nació en Salzburgo en 1756 y murió en Viena en 1791, con treinta y cinco años y un Réquiem sin terminar sobre la mesa. Entre esas dos fechas cabe una de las aventuras más asombrosas del espíritu humano: la música de Mozart, esa aparente facilidad que esconde una perfección sin descanso.

El niño que asombró a las cortes

Antes de cumplir diez años, Wolfgang ya había tocado ante la emperatriz María Teresa en Viena y ante las cortes de París y Londres, llevado por su padre Leopold en giras que hoy nos parecen temerarias. El prodigio divertía a los príncipes, pero el niño escuchaba, absorbía, comparaba. De aquellos viajes volvió con algo más valioso que los aplausos: el mapa entero de la música europea guardado en la memoria.

La leyenda del genio espontáneo, sin embargo, hace poca justicia al artesano. Sus manuscritos revelan a un trabajador minucioso, capaz de reescribir un aria entera para la garganta exacta de un cantante. Mozart componía como quien conversa, es cierto, pero había pasado la infancia entera aprendiendo todas las lenguas musicales de su tiempo. La facilidad fue la cosecha; la semilla fue un oficio implacable.

Una flauta encantada en un teatro popular

El 30 de septiembre de 1791, en el Theater auf der Wieden, un coliseo popular de las afueras de Viena, Mozart estrenó La flauta mágica junto a su amigo el empresario Emanuel Schikaneder, que había escrito el libreto y cantaba el papel de Papageno. Nada de cortes ni palacios: público llano, tramoya de feria, pájaros y pruebas iniciáticas. El éxito fue inmediato y creció noche tras noche.

Bajo el cuento infantil se despliega una fábula sobre la sabiduría, la fraternidad y la luz que se conquista atravesando la noche. Mozart, que moriría dos meses después, seguía desde su cama el reloj para imaginar en qué escena iba la función. Pocas óperas conviven tan felizmente en dos alturas: los niños ríen con Papageno mientras los adultos reconocen, en Sarastro, la utopía de una humanidad reconciliada.

En Allegro Spatial, La flauta mágica despliega su noche estrellada junto a los conciertos de Mozart que iluminan nuestra programación.

Mozart en Allegro Spatial

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