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Nació en 1810 en Żelazowa Wola, cerca de Varsovia, y murió en París en 1849, sin haber vuelto jamás a Polonia. En apenas treinta y nueve años de vida frágil, Chopin transformó el piano en un instrumento capaz de decir lo que ninguna voz humana alcanza.
En noviembre de 1830, con veinte años, Chopin salió de Varsovia con una copa de plata llena de tierra polaca que le regalaron sus amigos. Semanas después estalló en su patria la insurrección contra el poder ruso, aplastada al año siguiente. Él ya no regresó: la nostalgia se volvió su territorio, y las mazurcas y polonesas que escribió durante toda su vida fueron su manera de seguir habitando un país prohibido.
Sus dos conciertos para piano, compuestos antes de partir, son el retrato del joven que aún lo tenía todo por delante: virtuosismo de una elegancia inaudita, melodías que parecen improvisadas al borde del sueño, y en los movimientos lentos una ternura que ya anuncia al poeta. Los estrenó él mismo en Varsovia, como despedida sin saberlo, y siguen siendo la puerta más luminosa para entrar en su mundo.
En París, Chopin apenas dio conciertos públicos: una treintena en toda su vida. Prefería los salones, la cercanía de unos pocos oyentes, la penumbra donde su sonido, que los testigos describían como un susurro infinitamente matizado, desplegaba mejor sus poderes. Allí improvisaba durante horas, y quienes lo escucharon coinciden en que ninguna partitura conservó del todo aquella magia.
Los veranos en Nohant, junto a la escritora George Sand, le dieron los años más fecundos: de esa casa salieron baladas, la Barcarola, buena parte de los nocturnos y polonesas que hoy sostienen el repertorio de todo pianista. Enfermo de tuberculosis, componía despacio, tachando sin piedad. Cada página suya es breve y sin embargo inagotable: la definición misma de lo esencial.
En Allegro Spatial, los conciertos y recitales dedicados a Chopin devuelven al piano su voz más íntima, cita fija de nuestra programación.