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A mil quinientos metros de altitud, en la estación alpina de Verbier, se levanta cada verano una de las salas de conciertos más singulares del mundo: una gran estructura efímera plantada entre praderas, con los Alpes suizos como telón de fondo.
Cuando Martin Engstroem fundó el Festival de Verbier en 1994, la idea parecía un capricho: llevar a los mayores intérpretes del planeta a un pueblo de montaña del Valais, lejos de las capitales y de sus rutinas. La intuición resultó certera. Liberados del protocolo, los artistas ensayan juntos, comparten atriles con estudiantes y se cruzan por las calles con el público que los aplaudirá por la noche.
En esa alquimia, la Salle des Combins cumple un papel esencial. Levantada para cada edición y desmontada después, con capacidad para cerca de mil setecientos espectadores, tiene algo de circo noble y de catedral provisional. Su misma fragilidad concentra la experiencia: lo que ocurre bajo esa lona ocurre una sola vez, y todos en la sala lo saben.
Pocas salas imponen a la música un diálogo tan franco con la naturaleza. La luz del atardecer alpino se filtra en los conciertos vespertinos, una tormenta de verano puede sumar su percusión a la de la orquesta, y al salir el público se encuentra con el cielo estrellado más limpio de Europa. La montaña no es aquí decorado: es un segundo público, silencioso y colosal.
Por su escenario han pasado veranos memorables de pianistas, cantantes y directores legendarios, además de las orquestas jóvenes del propio festival, semillero de las mejores formaciones del mundo. Verbier tiene algo de campamento de verano del olimpo musical, y la Salle des Combins es su hoguera central: allí se reúnen todos, maestros y debutantes, a contarse historias en el idioma que comparten.
En Allegro Spatial, los conciertos del Festival de Verbier traen cada temporada el aire de altura de la Salle des Combins.