Foto: Alexander Böhm · CC BY-SA 4.0 · Wikimedia Commons
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Nacido en Leningrado en 1952, formado en la gran escuela rusa y emigrado a Occidente en 1975, Semyon Bychkov encarna una síntesis poco común: el aliento largo de la tradición eslava unido a una claridad y una humanidad que las orquestas describen con gratitud.
Alumno de Ilya Musin en el conservatorio de Leningrado, el mismo maestro legendario que formó a generaciones de directores rusos, Bychkov abandonó la Unión Soviética a los veintidós años y rehízo su vida en Estados Unidos. La carrera que siguió lo llevó a los grandes podios de Europa y América, incluidos largos años al frente de la Orquesta de París y de la Sinfónica de la WDR de Colonia.
De aquel doble arraigo nació un estilo inconfundible: el fraseo ancho y el sentido épico de la escuela rusa, templados por décadas de trabajo paciente con las grandes orquestas occidentales. Sus interpretaciones de Chaikovski, Shostakóvich o Mahler no persiguen jamás el efecto inmediato sino la arquitectura de conjunto: catedrales sonoras levantadas sin prisa alguna, donde cada clímax llega en su hora exacta porque debía llegar.
En 2018, Bychkov asumió la dirección titular de la Filarmónica Checa, y el encuentro tuvo algo de destino: la orquesta de sonido más entrañable de Europa central encontró a un maestro que la escucha en lugar de imponerse, y el Rudolfinum de Praga se convirtió en el hogar de esa alianza. Juntos han emprendido ciclos de Mahler y de los grandes eslavos que la crítica saluda entre lo mejor del presente.
Quienes lo conocen destacan al hombre tanto como al músico: culto, reflexivo, convencido de que la música es una forma de memoria y de conciencia. Esa gravedad sin pose se escucha en sus conciertos de Praga: nada que demostrar, todo que decir. La Sala Dvořák, que ha visto pasar a todos los grandes, lo ha adoptado como a uno de los suyos.
En Allegro Spatial, los conciertos de Semyon Bychkov con la Filarmónica Checa llegan desde su casa común, el Rudolfinum de Praga.