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Hay artistas que amplían su oficio y artistas que lo reinventan. Barbara Hannigan, soprano y directora canadiense nacida en Nueva Escocia en 1971, pertenece a la segunda especie: sobre el escenario, canta y dirige a la vez, y la frontera entre ambos gestos desaparece.
Antes de tomar la batuta, Hannigan ya era leyenda en la música de su tiempo: ha estrenado decenas de obras escritas para su voz, y los mayores compositores contemporáneos la consideran su intérprete soñada. Su Lulu de Berg hizo época, y su versión de los Mysteries of the Macabre de Ligeti, cantada con virtuosismo funámbulo, es uno de los números más asombrosos que puedan verse en un escenario.
Esa familiaridad con lo nuevo le dio una libertad que pocos cantantes conocen: la de tratar cada partitura, antigua o recién nacida, como territorio por descubrir. En su repertorio conviven Mozart y Gershwin, Haydn y Stravinski, unidos por una curiosidad insaciable y una técnica que le permite pasearse por donde otras voces no se aventuran.
Cuando empezó a dirigir, algunos vieron un capricho de diva. Se equivocaban: Hannigan se formó con seriedad, se ganó el respeto de orquestas de primer nivel y hoy compagina titularidades y colaboraciones estables con formaciones de varios países. Su especialidad más asombrosa sigue siendo el doble papel: dirigir La voz humana de Poulenc mientras la canta es algo que solo ella hace con esa naturalidad.
Su compromiso va más allá del podio: con sus proyectos de mentoría acompaña a jóvenes cantantes y directores en el salto a la profesión. Verla trabajar es ver la música hecha cuerpo: cada frase nace de un gesto, cada gesto de una respiración. Con Hannigan, la vieja pregunta de si el intérprete es medio o creador queda respondida: las dos cosas, y en el mismo compás.
En Allegro Spatial, Barbara Hannigan despliega su doble arte en conciertos donde dirige, canta, y a menudo ambas cosas a la vez.