Foto: Andreas Praefcke · CC BY 3.0 · Wikimedia Commons
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Nacido en Nápoles en 1941, Riccardo Muti es uno de los últimos representantes de una estirpe de directores para quienes la partitura es ley y el canto, religión. Medio siglo largo de carrera lo ha llevado del sur de Italia a la cima de la música mundial.
Formado en Nápoles y en Milán, lanzado por su victoria en el concurso Guido Cantelli en 1967, Muti recorrió una carrera de manual: la Philharmonia de Londres como heredero de Klemperer, la Orquesta de Filadelfia como sucesor de Ormandy y, durante diecinueve años, la dirección musical de La Scala de Milán, donde libró sus batallas más sonadas por el rigor verdiano.
En 2010 asumió la Sinfónica de Chicago, con la que vivió más de una década de plenitud reconocida por públicos y premios. Los vieneses, que no regalan nada, lo han hecho miembro honorario de su Filarmónica y le han confiado varias veces el Concierto de Año Nuevo: pocas credenciales dicen tanto en el oficio de dirigir.
Si un nombre resume el credo de Muti es el de Giuseppe Verdi. Contra un siglo de tradiciones acumuladas, defendió leer al compositor en su texto original: fuera los agudos añadidos, fuera los efectos heredados, y en su lugar el canto exacto que Verdi escribió. Lo que parecía purismo resultó revelación: sus Verdi suenan más nobles, más teatrales y más verdaderos.
En el podio, Muti une el fuego napolitano con una disciplina de hierro, y en el trato con el público despliega un humor socarrón que sus conferencias y ensayos abiertos han hecho célebre. Maestro en el sentido antiguo, sigue defendiendo que la música es cultura antes que espectáculo, y que dirigir es, sobre todo, servir: al compositor, a la orquesta y a quien escucha.
En Allegro Spatial, los conciertos de Riccardo Muti muestran en plena forma la gran escuela italiana de dirección.