Foto: SchiDD · CC BY-SA 4.0 · Wikimedia Commons
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En la ciudad balneario que sedujo a Brahms, Turguénev y media Europa elegante del siglo XIX, la antigua estación de tren esconde hoy la mayor sala de ópera y conciertos de Alemania: el Festspielhaus de Baden-Baden, inaugurado en 1998, con dos mil quinientas localidades.
La idea tiene una elegancia casi teatral: conservar la fachada Belle Époque de la vieja estación como vestíbulo y construir detrás, donde antes partían los trenes, una sala moderna de proporciones majestuosas. El viajero de hoy cruza las taquillas de ayer y embarca hacia otra clase de viaje. Pocas salas de concierto cuentan su propósito con tanta claridad desde la puerta.
El proyecto, financiado sin fondos públicos, algo insólito en Alemania, fue durante sus primeros años una apuesta arriesgada que la calidad terminó ganando. Baden-Baden, que en el siglo XIX atraía a la aristocracia europea a sus termas y su casino, volvió a ser lugar de peregrinación, esta vez con las mejores orquestas y las mayores voces del mundo como aguas termales.
En 2013, la Filarmónica de Berlín eligió el Festspielhaus como sede de su Festival de Pascua y trasladó allí la tradición fundada por Herbert von Karajan en Salzburgo. Durante más de una década, cada primavera, la orquesta más célebre del mundo se instaló en la ciudad para montar una producción de ópera y ofrecer conciertos sinfónicos y de cámara.
Para la orquesta berlinesa, la ópera escenificada era un lujo anual que solo allí se permitía, y esa excepcionalidad se escucha en cada función: los filarmónicos abordan el foso con el apetito de lo infrecuente. Para el público, la ecuación resultó irresistible: una sala colosal, una ciudad hecha para el paseo y la orquesta de Berlín en estado de gracia primaveral.
En Allegro Spatial, los conciertos de la Filarmónica de Berlín en el Festspielhaus reviven el esplendor de la Pascua de Baden-Baden.