Un exquisito programa doble con una de las grandes figuras de la dirección orquestal del momento al frente de la orquesta holandesa y un gran elenco vocal.
El finlandés Klaus Mäkelä, que se convertirá en el octavo director titular de la orquesta en 2027, dirige a la orquesta en la Cuarta sinfonía de Sibelius y en el emotivo Requiem en re menor, KV 626 de Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791): una música fascinante rodeada de especulaciones. Llega con las voces solistas de la soprano Sabine Devieilhe, la mezzosoprano Sasha Cooke, el tenor Julien Prégardien Benjamin Appl como bajo, junto al Coro de Cámara de Países Bajos. El programa se completa con la Sinfonía n.º 4 en la menor, Op. 63 del finlandés Jean Sibelius (1865-1957).
El celebérrimo Requiem en re menor, KV 626, de Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791), tiene uno de los devenires sobre los que más literatura e imaginación se ha vertido de la historia. En junio de 1791 Mozart ofreció en la capital vienesa uno de sus últimos conciertos públicos. Pocos días antes se había presentado en su casa un desconocido, vestido de negro, que no quiso identificarse y que encargó a Mozart la composición de un requiem. El desconocido le dio un adelanto y quedaron en que regresaría en un mes. Pero el compositor fue llamado desde Praga para escribir la ópera La clemenza di Tito, para festejar la coronación de Leopoldo II. Más tarde se sabría que aquel sombrío personaje, que atendía al nombre de Franz Anton Leitgeb, era un enviado del conde Franz von Walsegg, un músico aficionado cuya esposa había fallecido y a la que quería dedicarle una misa de difuntos, intentando, según parece, atribuirse posteriormente la autoría de la obra, por lo que quería mantenerse en el anonimato. La leyenda que ha alimentado después la composición de esta obra –especialmente debido al filme Amadeus de Milos Forman– ha sido totalmente desproporcionada y engañosa. Un Mozart obsesionado con la idea de la muerte desde la de su padre, debilitado por la enfermedad, muy sensible a lo sobrenatural por su vinculación con la francmasonería e impresionado por el aspecto del enviado, terminó por creer, según se cuenta, que este era un mensajero del destino y que el requiem que iba a componer sería para su propio funeral. El estreno de la obra completa se produjo en Viena el 2 de enero de 1793, en un concierto en beneficio de la viuda del músico austríaco, Constanze Weber. Al morir el compositor el 5 de diciembre de 1791, dejó el Requiem inconcluso. Su mujer, por expreso deseo de Mozart, buscó un compositor que acabase la obra, Franz Xaver Süssmayr, su discípulo. Por su parte, la obra que abre que abre el programa, la Sinfonía n.º 4 en la menor de Jean Sibelius, es una composición llena de amenaza y oscuridad; sin embargo, la obra no es todo pesimismo: la Cuarta de Sibelius contiene hermosos momentos de esperanza, luz y misterio. El período en el que compuso la Cuarta fue una etapa difícil y traumática para Sibelius. Su país sufría una represión cada vez mayor por parte de Rusia. Además, en 1907, a Sibelius le diagnosticaron cáncer de garganta, por lo que se sometió a una dolorosa intervención quirúrgica. Hacia 1907, Sibelius también parece haber tomado la decisión consciente de experimentar en su obra, motivado en parte por su aversión al gigantismo y la pretensión filosófica de obras como los poemas sinfónicos de Richard Strauss y las sinfonías de Gustav Mahler. La sinfonía se comenzó a componer a principios de 1910, se terminó en abril de 1911 y se estrenó en Helsinki, bajo la dirección del propio Sibelius, el 3 de abril de 1911. Los aplausos fueron meramente de cortesía, y la reacción general fue de desconcierto.