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Alice Sara Ott, nacida en Múnich en 1988 de madre japonesa y padre alemán, sube al escenario descalza: quiere sentir el suelo mientras toca. El detalle, que podría ser anécdota, resume su arte: un pianismo brillante que nunca pierde el contacto con lo esencial.
Criada entre dos culturas, Ott cuenta que de niña el piano fue su primera lengua franca: el lugar donde no hacía falta elegir entre el alemán y el japonés. Ganadora precoz de concursos, grabó desde muy joven para el célebre sello amarillo del disco clásico, y sus versiones de Chopin, Liszt y Grieg la instalaron pronto entre las pianistas más queridas de su generación.
Lejos de administrar ese éxito, lo ha usado como plataforma para la curiosidad: programas conceptuales que entrelazan a Chopin con compositores de hoy, colaboraciones con arquitectos y diseñadores para repensar el ritual del concierto, y una manera directa y sin solemnidad de hablar al público que ha acercado el piano clásico a oyentes que jamás habían pisado una sala.
En 2019, Ott hizo público que le habían diagnosticado esclerosis múltiple. Lo contó sin dramatismo, para desarmar los tabúes que rodean la enfermedad, y siguió tocando: sus proyectos posteriores, encabezados por el ciclo nocturno que da título al documental Nocturne, exploran precisamente la belleza de lo vulnerable, esa música que se sostiene en el borde del silencio.
El documental la acompaña entre bastidores, en los aeropuertos y ante el teclado, y muestra a una artista que ha convertido la incertidumbre en profundidad. Su sonido, siempre cristalino, ha ganado una ternura nueva. Escucharla hoy en concierto, con una gran orquesta o a solas con la noche, es asistir a una lección serena: la música no como huida de la vida, sino como su forma más alta.
En Allegro Spatial, el documental Nocturne retrata a Alice Sara Ott, que brilla además en concierto junto a la Sinfónica de Londres.