El mejor epílogo posible a una vida de genio, las tres últimas sinfonías de Wolfgang Amadeus Mozart son el testimonio más fascinante de su creación sinfónica.

La que para muchos es la mejor orquesta sinfónica del mundo visita el Lucerne Festival, de la mano de su director titular SimonRattle –actualmente se está procediendo al proceso de su sustitución– y de las tres últimas grandes piezas puramente sinfónicas de Wolfgang Amadeus Mozart [1756-1791]: las sinfonías n.ºs 39, 40 y 41. Compuestas todas en el verano vienés de 1788, se trata de algunas de las obras más geniales del catálogo mozartiano, que emergen, sin embargo, en un período vital protagonizado por las estrecheces económicas  una situación personal complicada. Se trata realmente de obras que se complementan, a pesar de que las poseen características realmente personales y definitorias per se. Si bien no se conocen los impulsos que llevaron a Mozart a la composición de tres piezas de este calibre en un lapso temporal tan corto –lo que llevó a algunos a recurrir al pensamiento romántico de la búsqueda de una conclusión grandiosa de su legado sinfónico–, no es descabellado pensar que pudieran tratarse de obras compuestas para ser interpretadas en concierto, a pesar de que parece que esto nunca llegó a producirse.

La Sinfonía n.º 39, en Mi bemol mayor KV 543, compuesta en junio, se concibe para una plantilla de violines I/II, viola, violonchelo, contrabajo, flauta travesera, 2 clarinetes, 2 fagotes, 2 trompas, 2 trompetas y timbales, estructurándose en torno a cuatro movimientos. Es la única de sus tres últimas sinfonías en la que su primer movimiento presenta una introducción lenta, característica que sin embargo sí que coincide con lo utilizado en sus dos sinfonías anteriores «Linz» y «Prague». Es una obra realmente interesante, mixtura exquisita entre la solemnidad barroca y el drama prebeethoveniano, con uso trascendente del cromatismo y una gran presencia de los instrumentos de viento metal y los timbales.

La Sinfonía n.º 40, en Sol menor KV 500, contiene la siguiente plantilla: violines I/II, viola, violonchelo, contrabajo, flauta travesera, 2 oboes, 2 clarinetes, 2 fagotes y 2 trompas, y se estructura en cuatro movimientos. Mozart trabaja aquí de manera obsesiva sobre un elemento en particular: la tonalidad de Sol menor. De tal forma, esta obra puede observarse casi como si de un estudio sobre la tonalidad se tratase. En la música de Mozart algunas tonalidades concretas son asociaciones claras con expresiones y sentimientos. Así, si Re mayor es la tonalidad de la fatalidad –se demuestra claramente en el uso recurrente en obras como su Requiem, su Concierto para piano KV 466, su Kyrie KV 341 o en Don Giovanni–, Sol menor –que se encuentra en obras como su Sinfonía KV 183, su Cuarteto con piano KV 478 o su Quinteto de cuerda KV 516– apela a un sentido mayor del drama y especialmente a la soledad existencial del individuo, lo que explica la carencia en la instrumentación de esta sinfonía de las trompetas y los timbales.

La última de sus sinfonías, la n.º 40, en Do mayor KV 551, que lleva por título «Jupiter», también se estructura en cuatro movimientos y en ella la tonalidad también juega un papel importante, si bien aquí no únicamente expresivo, sino también simbólico. Compuesta para violines I/II, viola, violonchelo, contrabajo, flauta travesera, 2 oboes, 2 fagotes, 2 trompas, 2 trompetas y timbales, el Do mayor aporta luminosidad y una visión dominada por el uso de los motivos desarrollados a lo largo de toda la obra. Su Molto allegro, uno de los más impactantes de toda su producción, y nos muestra al mejor Mozart, alejado, no obstante, de la tempestuosa creación por impulsos de Beethoven. Estamos ante una visión distinta, pero igualmente genial.
Concierto: Festival de Lucerna 2013: Simon Rattle dirige Mozart
Estreno el 10 de octubre    

Sinopsis:

La relación entre la Orquesta Filarmónica de Berlín y el Festival de Lucerna es una de las más estrechas y fructíferas de cuantas se recuerdan. En este concierto nos presentan las tres últimas sinfonías de Wolfgang Amadeus Mozart, que suponen sin duda alguna uno de los legados sinfónicos más impresionantes, pues se trata de las tres obras en las que toda su genialidad en el tratamiento orquestal se ve reflejada de manera brillante y condensada. Dejen que SimonRattle y su excelente conjunto de instrumentistas les demuestren cómo han conseguido firmar una simbiosis director/orquesta que pasará a la historia.