Finaliza la integral de las sinfonías de Ludwig van Beethoven con el cuarto programa que presenta a Iván Fischer al frente de la Orquesta del Real Concertgebouw de Amsterdam.

El inmenso mundo sinfónico de Ludwig van Beethoven, a pesar de lo breve en número de obras, concluye con sus dos últimas sinfonías, siendo la Novena el cierre más excepcional posible a un ciclo de estas características. La Sinfonía nº. 8 en Fa mayor, Op. 93 fue compuesta en 1812, a la que el propio autor se refería como «mi pequeña sinfonía en Fa», para distinguirla de la Pastoral que estaba en la misma tonalidad pero que era más extensa. Tuvo su estreno el 27 de febrero de 1814 en la habitual Viena, también bajo su dirección, a pesar de que la sordera prácticamente le inhabilitaba por completo para esta tarea.

Surge en un momento vital muy difícil desde el punto de vista personal y de sus relaciones amorosas y fraternales, pero incluso en ese punto Beethoven fue capaz  de crear la que es quizá su sinfonía más alegre, vigorosa y despreocupada, desprovista por completo de las penosas y oscuras emociones de su vida en ese momento. Compuesta en cuatro movimientos, la plantilla seleccionada es la habitual en la mayoría de sus sinfonías. Esta obra cierra su segundo periodo creativo, que es quizá el más prolífico, fructífero e incluso el más importante, no solo por la ingente cantidad y calidad sus obras, sino porque es en el que en gran manera consigue abandonar el Clasicismo vienés aún imperante en la época; momento de escritura de gran vigor y personalidad. Es probablemente tras de la Primera y la Segunda la más clásica de todas, aunque se trate de un Clasicismo de otro signo. El biógrafo Schönewolf escribía sobre ella que «es una escena musical por la que el compositor expresa su sueño de hombre afortunado y libre que vive un día de fiesta en la alegría». Hay un ella un optimismo veraz, buenas dosis de humor, ironía cordial y alegría de libertad.

Es en la Sinfonía n.º 9 en Re menor, Op. 125 donde Beethoven echa el resto. La obra fue un encargo de la Sociedad Filarmónica de Londres en 1817, aunque el compositor la comenzó a componer en 1818 y no la finalizó hasta comienzos de 1824. Se constituye en cuatro movimientos, hasta ahí todo normal, pues es en el cuatro movimiento donde Beethoven introduce una absoluta novedad en la historia de la música, al ser la primera vez que una sinfonía introduce un coro en alguna de sus partes. El poema sobre el que se basa es de Friedrich Schiller, concretamente su An die Freude (A la alegría, aunque conocido habitualmente Oda a la alegría), que el autor publicó en 1786 en la primera versión y 1808 póstumo en la versión definitiva. La inclusión de una parte vocal en la sinfonía provocó no pocos problemas a Beethoven, como indica adecuadamente su amigo y biógrafo de Anton Schindler: «cuando empezó a componer el cuarto movimiento, la lucha comenzó como nunca antes. El objetivo era encontrar un modo correcto de introducir la oda de Schiller. Un día Beethoven entró en un cuarto y gritó: ‘¡Lo tengo, ya lo tengo!’, entonces me mostró el cuadernillo con las palabras ‘Cantemos la canción del inmortal Schiller’».

La plantilla orquestal es poderosa, especialmente en la sección de viento y en la profusa percusión: violín I/II, viola, violonchelo, contrabajo, piccolo, 2 flautas, 2 oboes, 2 clarinetes, 2 fagotes, contrafagot, 2 trompas, 4 trompas, 2 trompetas, 3 trombones, timbales, bombo, triángulo, platillos, soprano, alto, tenor, bajo y coro a cuatro partes. Beethoven estaba ansioso por estrenar su trabajo en Berlín tan pronto como fuera posible, especialmente porque pensaba que el gusto musical vienés no resultaba demasiado apto para una composición de estas características, al creerlo dominado por el gusto hacia los compositores italianos. Cuando algunos de sus amigos escucharon esa afirmación le animaron de inmediato a estrenar la sinfonía en la misma Viena. El estreno tuvo lugar el 7 de mayo de 1824 en el Kärntnertortheater de Viena, diez años después del estreno de su anterior sinfonía, en un concierto que integraba otras de sus obras. Esta fue la primera aparición en escena de Beethoven después de doce años, por lo que la expectación era más que evidente. Todos querían asistir al regreso a la escena del maestro alemán, que por otro sería presumiblemente su última aparición pública, como así fue, pues en los años en los años venideros se recluyó en casa aquejado de diversas enfermedades que lo postraron hasta su muerte. El estreno fue oficialmente dirigido por Michael Umlauf, aunque él y Beethoven compartieron el escenario. Al finalizar el público se mostró entusiasmado, aplaudiendo y ovacionando a los intérpretes durante tres largas tandas de aplausos. Se cuenta que durante el estreno Beethoven seguía una copia de la partitura, imaginando en su mente los sonidos que todos los demás escuchaban, por lo que al finalizar la interpretación todavía estaba enfrascado en su partitura sin poder oír los aplausos. Antes esto, uno de los solistas le tocó el brazo y le hizo girarse para ver las manos que aplaudían y los pañuelos que se agitaban en el aire. Fue entonces cuando Beethoven se inclinó para saludar al enfervorecido público.

Sinopsis:

Acompáñenos a disfrutar de la que es una de las grandes composiciones de toda la historia de la música, y celebre junto a nosotros el 800º aniversario del Coro de Niños de la Iglesia de Santo Tomás en Leipzig. La música de Bach en el templo para la que fue concebida, de la mano de la institución cultural más longeva de la ciudad alemana.