La estrella rusa del pianismo en el siglo XXI interpreta uno de los corpus concertísticos más apasionantes en la historia del género.

 Fryderyk Chopin (1810-1849) es el gran protagonista de este concierto, protagonizado por sus dos afamados conciertos para piano. Compositor polaco de nacimiento, aunque francés de adopción, revolucionó considerablemente la interpretación y la composición para piano en la primera mitad del siglo XIX y ha sido considerado como uno de los principales exponentes del Romanticismo musical. Su vida merece el calificativo de romántica por su brevedad y por sus sufrimientos, que se pueden concretar en tres aspectos esenciales: su enfermedad; el exilio de su patria natal, Polonia, que poco después de su marcha es invadida por Rusia; y el amor frustrado, que en 1836 habían hecho que no se consumara su compromiso con la adolescente Maria Wodzinska –cuya familia rechazó el compromiso a causa de la enfermedad de Chopin– o la constante admiración que le profesaron mujeres siempre inteligentes, apasionadas y casi siempre aristocráticas. La mayor parte de las piezas para piano de Chopin tienen un carácter introspectivo y, dentro de contornos formales claramente definidos, tienden a sugerir una cualidad improvisatoria. Aunque Chopin era concertista de piano, no se trataba de un ejecutante arrollador y teatral y es probable que otros virtuosos hayan proyectado el aspecto heroico de su música con mayor énfasis que él mismo. Sin embargo, todas sus obras exigen del ejecutante no sólo una técnica y una pulsación inmaculadas, sino asimismo un imaginativo empleo de los pedales y una discreta aplicación del tempo rubato, que el propio Chopin definía como un ligero impulso o retención dentro de la frase de la mano derecha, mientras que el acompañamiento de la mano izquierda prosigue en tiempo estricto.

 Compuesto en 1830, el primero de ellos en su catálogo fue estrenado el 11 de octubre del mismo año en el Teatro Nacional de Varsovia. Está dedicado a Fredrich Kalkbrenner, pianista, profesor y constructor de pianos de origen alemán que se había establecido en París seis años antes que Chopin y que dio lecciones pianísticas al joven compositor polaco durante algunos años. Aunque fue compuesto en segundo lugar, al ser publicado antes que su segundo concierto le ha hecho pasar a la historia como el primero de ellos en su catálogo. En este concierto se sigue el camino andando previamente por el concierto en Fa menor, pues ambos comparten la textura y la forma, además de una clara estética romántica, aunque en este se aprecia una escritura más firme y experimentada en comparación. 
 El segundo de ellos fue compuesto 1836, estando dedicado en su primera edición a la Condesa Delphine Potocka. Lo compone en un momento en el que acaba de sufrir el desengaño por su amor hacia la dulce María Wodzinska y en el que ver surgir un prometedor avance en su amistad con la escritora George Sand, hacia la cual había experimentado anteriormente cierta antipatía. En ese momento, en el que permaneció en Viena durante un breve tiempo, advirtió a Chopin la necesidad de contar dentro de su repertorio con algunas obras pertenecientes al género del concierto para piano y orquesta y a ello se debe en parte la escritura de este concierto que, aunque apareció publicado en segundo lugar, fue compuesto con anterioridad al primero de su serie. Su desarrollo presenta características muy originales si las comparamos con el resto de la obra del compositor, incluso en cierta medida con su otro concierto. Ambos conciertos presentan aquí una singularidad, la reorquestación llevada a cabo por el pianista y compositor Mikhail Pletnev, que es, además el encargado de dirigir la sesión.

Sinopsis:

Daniil Trifonov se pone a las órdenes de Mikahil Plentev, en esta reorquestación de los magníficos conciertos para piano de Fryderyk Chopin, acompañado por la Mahler Chamber Orchestra.