Un programa magnífico y de enorme variedad, en interpretación de una de las grandes orquestas europeas y la excelente pianista brasileira Cristina Ortiz.

El programa se compone de piezas de muy distinta procedencia y esencia. Se abre con el Requiem para orquesta de cuerda, obra compuesta en 1957 por el japonés Tore Takemitsu (1930-1996). Las tres secciones de la obra son pesadamente lentas [Lento, Modère, Moins Lent –nunca pude escribir un Allegro, bromeó en cierta ocasión el compositor–]. De la misma manera, la variedad de color orquestal que se encuentra en las obras posteriores de Takemitsu está ausente aquí, cediendo el peso de la expresión a las armonías lentas y desgarradoras y a las sutilezas de la partitura para cuerda. Cuando Igor Stravinsky fue presentado a Toru Takemitsu en 1959, se sorprendió por el frágil aspecto del joven compositor japonés. ¿Cómo pudo llegar tan severa música de un hombre tan diminuto?, se dice que se preguntó en voz alta, ya que justo antes de su encuentro el compositor ruso había escuchado una grabación de este Requiem.   

La gran obra solista del recital es el Concierto para piano n.º 3 en Do mayor, Op. 26, de Sergei Prokofiev (1891-1953). Prokofiev comenzó a trabajar en éste concierto en 1913 cuando escribió una variación que luego dejó de lado. Aunque revisó los borradores en 1916/17, no se dedicó plenamente al proyecto hasta 1921 cuando pasaba el verano en Bretaña. Prokofiev en persona ejecutó la parte del solo en el estreno del 16 de diciembre de 1921 con la Orquesta Sinfónica de Chicago, dirigida por Frederick Stock. El trabajo no logró popularidad inmediatamente y tuvo que esperar hasta 1922 para ser confirmado en el canon del siglo XX, después de que Serge Koussevitzky dirigiera una interpretación profusamente alabada en París. De los cinco conciertos para piano escritos por Prokofiev, el tercero ha cosechado la mayor popularidad y aclamación de los críticos. El concierto irradia una vitalidad crepitante que testifica la destreza inventiva del compositor en salpicar inteligentemente los pasajes líricos con disonancias, manteniendo una asociación bien imbricada entre solista y orquesta.    La otra gran obra del programa es la Sinfonía en Re menor de César Franck (1822-1890), la obra orquestal más famosa y única sinfonía del belga, que fue compuesta entre 1886 y 1888, y tuvo su estreno en el Conservatorio de París el 17 de febrero de 1889. Está dedicada a su discípulo, el compositor Henri Duparc. La fama y reputación de Franck se asienta sobre unas pocas obras, la mayor parte de ellas compuestas en los últimos años de vida. Entre ellas se encuentra esta Sinfonía en Re menor.

El hecho de que Franck se decidiera a componer una sinfonia es extraño, debido a la rareza de esta forma musical en la tradición francesa del siglo XIX, que veía la sinfonía como un refugio exclusivo de la tradición alemana. Es posible que la génesis de este trabajo siguiera al éxito de su influyente obra Variaciones sinfónicas para piano y orquesta, de 1885. Además, el éxito de algunas obras de otros compositores franceses había conseguido ganar el favor del público hacia el género. Como en las precedentes obras de Saint-Saëns y Berlioz, así como en sus propias obras anteriores, Franck también empleó una estructura cíclica en la composición de su sinfonía. De hecho, la Sinfonía en Re menor es el ejemplo más claro de la escritura sinfónica cíclica en la tradición musical romántica. Sin embargo, Franck utilizó una sonoridad típicamente germánica, evitando las innovaciones orquestales y el uso de elementos de corte nacionalista, que Saint-Saëns y D'Indy sí utilizaron. Así, esta obra puede considerarse el punto de contacto entre dos diferentes tradiciones musicales: la forma cíclica francesa y la forma romántica alemana, con amplias influencias de Wagner y Liszt.

Sinopsis:

La Orquesta de la Suiza italiana se pone a las órdenes del director japonés Junichi Hirokami en un variopinto y excepcional concierto, en el que son acompañados por Cristina Ortiz, la magnífica pianista brasileña. El programa se conforma del Requiem para orquesta de cuerda, de Tore Takemitsu, el Concierto para piano n.º 3, de Sergei Prokofiev, la Sinfonía en Re menor, de César Franck, y dos breves piezas para piano solo: Alma brasileira, de Heitor Villa-Lobos, y el Estudio Op. 25, n.º 1, de Frédéric Chopin.