El mejor de los homenajes posibles a quien dedicó toda su vida con pasión a la música: sobre un escenario y con grandes intérpretes.

Herbert von Karajan (1908-1989) es sin duda uno de los grandes directores de la historia. Fue el más destacado director de orquesta del periodo de la posguerra y posiblemente del siglo XX. Dirigió la Orquesta Filarmónica de Berlín durante treinta y cinco años. Realizó más de 900 grabaciones y vendió más de 300 millones de discos en todo el mundo. Hay un consenso general sobre el don de Karajan para extraer una bella sonoridad de una orquesta. Donde la opinión varía es acerca de los grandes fines estéticos para los que el sonido Karajan era empleado. Un crítico llegó a definirlo así: Vemos que Karajan eligió un sonido para todo propósito, altamente refinado, enlacado, calculadamente voluptuoso, que podría ser aplicado, con las modificaciones estilísticas que estimaba necesario, a Bach y Puccini, Mozart y Mahler, Beethoven y Wagner, Schumann y Stravinski... muchas de sus interpretaciones tienen una cualidad prefabricada que otros como Toscanini, Furtwängler y otros nunca tuvieron... muchas de las grabaciones de Karajan son exageradamente pulidas.

El homenaje se abre con el Concierto para violín en Re mayor, Op. 61, de Ludwig van Beethoven (1770-1827), que fue compuesto en 1806 y es el único concierto del compositor para este instrumento admitido como propio. Es una importante obra del repertorio violinístico, muy interpretada desde entonces, que demuestra su inmensa capacidad creadora para el universo violinístico. Se estrenó el 23 de diciembre de 1806 en el Theater an der Wien, en interpretación de Franz Clement, destacado violinista del momento para el que Beethoven lo había compuesto. La leyenda dicta que el autor alemán concluyó la parte solística tan tarde que Clement tuvo que leer a primera vista algunos de los pasajes en su estreno. Clement interrumpió el concierto entre el primer y el segundo movimiento para interpretar una composición propia, no sabemos si para mostrar su descontento o para hacer ver que era un mejor intérprete de lo que las condiciones les obligaron a hacer. La obra no tuvo buena recepción por parte de los espectadores, y el concierto fue ejecutado pocas veces durante las décadas siguientes. La obra fue resucitada hacia 1844, 17 años después de la muerte de Beethoven, interpretada por Joseph Joachim y con la dirección orquestal de Felix Mendelssohn.

La otra gran obra del programa es la Sinfonía n.º 6 de Piotr Ilich Tchaikovsky (1840-1893). La obra, compuesta en la tonalidad de Si menor ha pasado a la historia con el sobrenombre de Patética. Es la última sinfonía del autor ruso, compuesta entre febrero y finales de agosto de 1893. El compositor la dirigió en San Petersburgo el 28 de octubre de ese año, nueve días antes de su muerte. La segunda interpretación, bajo la dirección de Eduard Nápravník, tuvo lugar veinte días después en un concierto memorial. El título de Patética no es del propio autor, sino que fue sugerido por su hermano menor Modest, con la palabra rusa que utilizó, patetícheskaya, que significa apasionada o emotiva. La interpretación más plausible habla de una retrospectiva autobiográfica que desemboca en un Requiem para sí mismo, resultante de una premonición que el compositor habría tenido de su próximo fin, aunque esto es terreno abonado para la leyenda. La hermosa Sarabande de la Partita para violín n.º 2 BWV 1004 cierra el concierto con el mejor sentimiento posible.

Sinopsis:

Homenajear a una figura de la talla de Herbert von Karajan es siempre una responsabilidad inmensa. Es por ello que solo artistas de la categoría de Anne-Sophie Mutter y Seiji Ozawa pueden atreverse con ello con las máximas garantías posibles. Les acompaña la que fuera la orquesta de su vida, la Filarmónica de Berlin.