El gran director estadounidense continúa su periplo mahleriano al frente de la gran orquesta vienesa.

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Gustav Mahler (1860-1911), compositor y director austriaco, escribió obras de gran formato sinfónico y lieder –muchos de ellos con orquesta– y desarrolló una carrera como director de orquesta que se tornó poderosa e innovadora, proporcionando un modelo del idealismo postwagneriano para el teatro musical alemán. Sus composiciones fueron consideradas inicialmente por algunos como excéntricas y por otros como nuevas expresiones del modernismo de la Nueva Alemania, ampliamente asociada con Richard Strauss. Sólo durante la última década sus obras comienzan a disfrutar del apoyo crítico y el éxito del público, que ayudó a asegurar la supervivencia póstuma de su reputación como compositor más allá de los años del nacionalsocialismo en Alemania y Austria. Mahler sufrió el destino de innumerables compositores de origen judío que fueron prohibidos en un momento en que su música era todavía poco conocida y comprendida fuera de los países de habla alemana de Europa. El centenario de su nacimiento en 1960 inspiró el redescubrimiento popular de sus sinfonías, sobre todo en Inglaterra y los EE.UU., donde se hicieron rápidamente con un público joven y entusiasta. La tensión, el compromiso apasionado y el poder a menudo catártico de su música adquirieron una resonancia que se vio incrementada, en un periodo marcado por los movimientos de protesta, por la experimentación crítica y por unas ideas y estilos de vida poco convencionales. Hoy día es visto como una figura histórica que emerge como un mediador entre la tradición musical austro-alemana y los principios de la modernidad del siglo XX.

Compuesta entre 1908 y 1909, la Sinfonía n.º 9 en su última sinfonía completa y un extraordinario final para su ciclo sinfónico, que todavía tendrá que completarse con la Décima –inacabada–. Está considerada como el testamento del compositor, el gran final para una autobiografía plasmada en sus obras, una especie de cataclismo humano de espesa hondura como solo Mahler es capaz de plasmar sobre el papel. Para muchos es la forma más humana y maravillosa que tuvo de despedirse de este mundo. Una obra que ya desde el primer movimiento parece esbozar su mundo, pero no un mundo cualquiera, sino su mundo interior, rico y profundo, el cual tendrá que recomponerse desde el inicio, cuando se muestra casi desmoronado, como un reflejo de su vida rota por todo lo que vivido y sufrido. Cuando la compuso Mahler ya había sufrido las tres grandes tragedias que marcarían sus últimos años de existencia: la muerte de su hija mayor, su dimisión de la Ópera de Viena y el diagnóstico de una lesión cardíaca, la cual pondría fin a su vida en 1911. Además, la relación que su esposa Alma mantenía con el arquitecto Walter Gropius fue un trago verdaderamente amargo que soportar. Es sin duda un reflejo de esos hechos, pero también de los vividos mucho antes, los que marcaron toda su vida: nueve de sus catorce hermanos murieron durante la infancia, su hermano Otto se suicidó siendo ya adulto, la muerte de su suegra por un fulminante ataque al corazón durante el funeral de la pequeña María…

A diferencia de otras de sus creaciones, que abren perspectivas hacia nuevos paisajes, la Novena de Mahler es claramente un final de viaje, un último regalo con el que cierra no sólo la vida creativa del genial autor, sino también–más de una forma poética que literal– el Romanticismo como movimiento cultural hegemónico, además de la existencia de la sinfonía como gran género orquestal. Estrenada en 1912, con la batuta de Bruno Walter al frente de la Filarmónica de Viena, al año siguiente de la muerte de Mahler, la obra fue elogiada con total admiración por algunos de los grandes intérpretes del momento: «Es una música que viene de otro mundo, viene desde la eternidad» [Karajan]; «Esta sinfonía no es solo la última, sino su mayor logro» [Klemperer]; «Es como si esta sinfonía fuera la obra de un oculto artista superior que utilizó a Mahler como su portavoz» [Schönberg].

Sinopsis:

Leonard Bernstein dirige una vez más a la excepcional Orquesta Filarmónica de Viena, para cerrar casi la integral, con la interpretación de la última sinfonía completa que Mahler legó a la humanidad. Un evento único para no perderse.