El inigualable tándem conformado por el director estadounidense y la orquesta austríaca
continúa su periplo por la integral de sinfonías mahlerianas.

Para Gustav Mahler (1860-1911) la composición de una sinfonía podía asemejarse a un
acto de creación del universo. En estas sinfonías se muestra todo su mundo interior y
psicológico. Hay en ellas influencias evidentes de los grandes sinfonistas del XIX,
empezando por Beethoven y pasando Brahms o Bruckner, con elementos hasta del propio
Wagner. De esta manera, al igual que algunos de estos autores, Mahler utilizó elementos y
recursos orquestales que anticipaban ya el siglo XX, en una permanente búsqueda de la
tímbrica particular de cada instrumento y sección, incluso introduciendo el uso de
instrumentos poco convencionales. El elemento coral –que introdujera Beethoven– no es
ajeno en su producción. Una de sus características más acusadas es la escritura
contrapuntística, pues concebía la orquestación como un recurso para conseguir la mayor
inteligibilidad de las líneas posible. La lucha titánica entre su optimismo y zozobra vital,
a partes iguales, está expresada de la forma más compleja y expresiva de cuantas se
recuerdan durante el siglo XIX. Su monumentalidad convierte, no solo a cada obra por
separado –que también–, sino a su corpus sinfónico al completo en la más brillante
grandiosidad y elocuencia introspectiva de la que el ser humano es capaz.
Su Sinfonía No 7 suele ser considerada como la menos popular de entre todas las que
compuso. De cualquier manera, su importancia es ciertamente relevante, pues en ella se
encuentran varios adelantos, tanto técnicos como de recursos, que luego serán referencia
para todos los compositores postrománticos en la Centroeuropa del siglo XX, que van
desde los postrománticos tonales hasta los que constituyeron la II Escuela de Viena,
trascendiendo a posteriori cualquier frontera. Compuesta entre 1904 y 1905, se la ha
conocido como Canción de la Noche, y constituye el punto más avanzado en el
modernismo mahleriano. Como casi siempre sucedía con la mayoría de sus estrenos, la
Séptima fue recibida en general con hostilidad en su estreno en Praga el 19 de septiembre
de 1908, con el propio Mahler al frente de la Orquesta Filarmónica Checa, y dicho rechazo
se puede decir que se mantuvo hasta pasados los 50 anos después de la muerte del
compositor, como demuestra que la primera grabación de estudio no tuviera lugar nada
menos que hasta 1953. En ella no solo se muestran nuevas estructuras y maneras de hacer
música, sino que es la obra que muestra de manera más amplia la gama de expresiones,
el mayor grado de discontinuidad y el reflejo de sus mayores conflictos vitales,
obteniendo en ella un carácter absolutamente autobiográfico. Con referencia a esto, no
solo es que Mahler lleve al terreno de la partitura sus propios conflictos emocionales, sino
también el enorme conflicto que suponía el cambio de siglo, con su ruptura de modelos
y paradigmas, la muerte de la cultura romántica del siglo XIX y los horrores existenciales y
surrealistas que provocaban el paso al 1900.
La Séptima presenta, de esta forma, escenarios realmente diversos y antagónicos:
desde la alegría y el furor hasta el terror y el desasosiego más hondos. La posteridad la ha
renombrado como Canción de la Noche, pues en ella la música transita desde la oscuridad
más profunda de la noche, hasta la claridad en el amanecer de un nuevo día. En las
sinfonías precedentes a esta Séptima Mahler había pretendido mantener un tema de
trasfondo, mostrando las diversas facetas de la vida de un héroe, su visión de héroe
humano que glorificado, muerto, resucitado, transfigurado, caído derrotado y finalmente
desintegrado. Sin embargo, aquí el contenido es mucho más abstracto y es difícil
identificar los elementos filosóficos existentes. La obra, a diferencia de todos sus esfuerzos
anteriores, mantiene una arquitectura general bastante simétrica y cíclica, con dos
movimientos masivos y densos que se colocan a los extremos, y dos Nachtmusik (serenatas
nocturnas) intercalándose entre los mismos y el movimiento central que viene a ser el
Scherzo.
Sinopsis:
Leonard Bernstein dirige una vez más a la excepcional Orquesta Filarmónica de Viena, para
continuar la senda del éxito en su visión de las sinfonías del genial Gustav Mahler. Le toca el turno a la Sinfonía n.o 7, la última de su gran trilogía sin voz.