Tecero de los programas dedicados a las sinfonías de Gustav Mahler, de la mano de Leonard Bernstein dirigiendo a magníficos artistas y orquestas.

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Para Gustav Mahler (1860-1911) la composición de una sinfonía podía asemejarse a un acto de creación del universo. En estas sinfonías se muestra todo su mundo interior y psicológico. Hay en ellas influencias evidentes de los grandes sinfonistas del XIX, empezando por Beethoven y pasando Brahms o Bruckner, con elementos hasta del propio Wagner. De esta manera, al igual que algunos de estos autores, Mahler utilizó elementos y recursos orquestales que anticipaban ya el siglo XX, en una permanente búsqueda de la tímbrica particular de cada instrumento y sección, incluso introduciendo el uso de instrumentos poco convencionales. El elemento coral –que introdujera Beethoven– no es ajeno en su producción. Una de sus características más acusadas es la escritura contrapuntística, pues concebía la orquestación como un recurso para conseguir la mayor inteligibilidad de las líneas posible. La lucha titánica entre su optimismo y zozobra vital, a partes iguales, está expresada de la forma más compleja y expresiva de cuantas se recuerdan durante el siglo XIX. Su monumentalidad convierte, no solo a cada obra por separado –que también–, sino a su corpus sinfónico al completo, en la más brillante grandiosidad y elocuencia introspectiva de la que el ser humano es capaz.

La Sinfonía n.º 3 fue comenzada en el verano de 1895, mientras Mahler permanecía en Steinbach am Attersse, por el segundo de los movimientos, para continuar con los números inmediatos, por lo que el movimiento inicial fue compuesto en último lugar, durante el invierno y la primavera siguientes en Hamburg. Al regresar a Steinbach el verano de 1896 se dio cuenta de que había olvidado sus partituras en Hamburg. Mediante unos contactos, finalmente consiguió estos fueron enviadas hasta él. No obstante, en los días hasta que llegaron los bocetos compuso una introducción para el primer movimiento, que influyó poderosamente en cuanto al uso de los temas en el resto del trabajo que quedaba por completar. «Apenas se puede decir que es música, son sonidos de la naturaleza. Es algo misterioso, se trata de la forma en que la vida va abriéndose camino gradualmente, saliendo de la inanimación, de la materia petrificada. En algún momento he pensado llamar a este movimiento Lo que me dicen las montañas. Y, a medida que la vida sube de estrato a estrato, toma formas cada vez más desarrolladas: flores, bestias, hombres, hasta la esfera de los espíritus, de los ángeles.» Con esta magnífica descripción del propio Mahler, queda constancia de la manera en que concebía esta monumental sinfonía.

Finalmente la obra se concibió es seis enormes movimientos, conformando así la más extensa de sus sinfonías. Escrita para una gran orquesta sinfónica, de dimensiones similares a la necesaria para interpretar la anterior sinfonía de su autor, aquí se añade a su inmensa orquesta, a una contralto solista, un coro femenino y un coro infantil para los movimientos cuarto y quinto. Es interesante mencionar la plantilla exacta de la obra: violín I/II, viola, violonchelo, contrabajo, 4 flautas, 4 oboes, 3 clarinetes en Sib y La, 2 clarinetes en Mib, 4 fagotes, 8 trompas en Fa, 4 trompetas en Fa y Sib [2 trompetas extra], 4 trombones, tuba, 2 arpas, timbales, bombo, caja, platillos, pandereta, tam-tam, triángulo, 2 glockenspiel. Además, indica como In der Ferne aufgestellt [En la distancia] la presencia de una corneta de posta [mov. III] y varias cajas [mov. I]; también In der Höhe postiert [Ubicados en lo alto] 5 o 6 campanas afinadas. Estamos ante una de las obras más ambiciosas y geniales de toda su producción, que han marcado sin duda un antes y un después en la comprensión del mundo sinfónico desde entonces.

Sinopsis:

Disfruten de uno de los hitos discográficos más destacadas en la historia de la interpretación audiovisual. Las sinfonías de Gustav Mahler son, sin duda, uno de los ejemplos más asombrosos del sinfonismo en la música occidental. La Sinfonía n.º 3 es puro deleite, como les demostrará el genial Leonard Bernstein, que dirige aquí a una estratosférica Filarmónica de Viena, junto a la gran Christa Ludwig y dos coros de lujo.