Una de las grandes obras sacras de la historia, de la mano del mítico director austríaco y un excepcional elenco de artistas.

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Giuseppe Verdi (1813–1901), creador de un brillante catálogo operístico, es considerado como uno de los autores más geniales en la historia del género. Un mes después de su muerte, una solemne procesión por Milano era acompañada por miles de dolientes seguidores al paso de su célebre Va pensiero, el coro de los esclavos hebreos de Nabucco. En el momento de su muerte Verdi gozaba de una posición única entre sus compatriotas: aunque muchas de sus óperas habían desaparecido del repertorio, se había convertido, sin embargo, en un profundo símbolo artístico de los logros de la nación en su condición de Estado. El hecho de que este coro, escrito unos 60 años antes, pudiera expresar sentimientos Italianos contemporáneos demostró el grado en el que la música de Verdi había sido asimilada en la conciencia nacional. Su vida y obra se pueden dividir en tres períodos desiguales. Esta división puede concebirse como algo más pragmático, por lo que no debe tomarse como una división jerárquica de valor tradicionalmente señalada por etiquetas del tipo obras de juventud o madurez. El primer período incluye 19 óperas, de Oberto (1839) a La traviata (1853). Sin embargo, el paso a un segundo período se encuentra para muchos en el salto cualitativo que se produce en algún punto entre finales de la década de 1840 y principios de 1850, con Macbeth, Luisa Miller o Rigoletto como centro; siendo este período el más apreciado como un desarrollo gradual de importancia dentro de la tradición operística italiana. Es un período en el cual la influencia de la gran ópera francesa es de gran importancia, incluye las óperas comprendidas entre Les vêpres siciliennes (1855) y Aida (1871). Después de la Messa da Requiem y el descanso compositivo de la década de 1870, un período final muestra el último estilo de Verdi, incluyendo en este las revisiones de Simon Boccanegra y obras como Don Carlo, Otello (1887) y Falstaff (1893), así como sus últimas obras sacras.

Verdi contaba entonces sesenta años y se hallaba inmerso en un prolongado silencio musical, pues tras la creación de Aida se había dedicado sobre todo a los cultivos de su finca de Sant’Agata y a la filantropía. De cualquier manera su genio todavía daría luz a tres prodigiosas obras: este Requiem (1874), Otello (1887) y Falstaff (1893). Bernard Shaw afirmaba, con poca visión de futuro, que su Requiem sería lo único de Verdi que sería recordado. Se equivocó considerablemente, pero sí supo valorar con mucha antelación que se trataría de una de las absolutas obras maestras del autor italiano. Para algunos se trata de «la mejor ópera de Verdi», entendiendo entre líneas lo que esto significa. Hay en esta obra ecos beethovenianos, pero también del último Haydn, de Mozart y de Cherubini, incluso de Berlioz. Verdi, un agnóstico convencido, se afanaba por ser enemigo de la hipocresía y el clero, y crea en esta partitura una obra más pensada para la representación concertante que para la liturgia. Es por eso que a su estreno en la catedral de Milán se sucedieron tres representaciones en la Scala de la ciudad.

En la obra utiliza una plantilla de orquesta igual a la de Don Carlo: violín I/II, viola, violonchelo, contrabajo, 3 flautas, piccolo, 2 oboes, 2 clarinetes, 4 fagotes, 4 trompas, 8 trompetas, 3 trombones, oficleido, timbales y bombo. La pieza se estructura en siete movimientos en los que se plasma su reflexión sobre la muerte, en gran medida por la tragedia de la pérdida de su primera esposa y sus dos hijos, que le marcó poderosamente durante toda su vida, tanto en lo personal como en lo profesional. En su Requiem hay un claro interrogante musical que se abre frente a ese momento vital y hacia la búsqueda de un sentido sobre la vida. De esta manera la música se abre paso a través de la oscuridad hacia la luz, consiguiendo siempre un gran sentimiento de melancolía y, por encima de todo, una notable defensa de la dignidad humana.

Sinopsis:

La Misa de Requiem, de Giuseppe Verdi es considerada por algunos como su mejor ópera, a pesar de no serlo. Disfruten de una versión de auténtica leyenda, con la presencia del gran director Herbert von Karajan, dirigiendo al coro y la orquesta de la Scala milanesa, junto a un cuarteto vocal histórico: Leontyne Price, Fiorenza Cossotto, Luciano Pavarotti, Nicolai Ghiaurov.