El viaje llega a su fin en esta integral de las sinfonías maduras de Anton Bruckner en versión de la orquesta alemana y su gran director titular.

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Anton Bruckner (1824-1896) estuvo muy influido por muchos compositores. Quizá en Beethoven está la más evidente influencia, ¿pero Richard Wagner? ¿Y Johannes Brahms o Gustav Mahler? Bruckner adoptó algunos procedimientos wagnerianos, como sus armonías o el empleo de las tubas, pero su instrumentación nos recuerda siempre el órgano. En realidad lo que más impresionó a Bruckner de Wagner fue su inspiración, pues por lo demás, Wagner y Bruckner difieren realmente en muchos aspectos. Bruckner, que se jactó de cultivar la forma, está cerca de Beethoven, como también de Brahms, al que históricamente se le ha opuesto. Pero las diferencias que existen entre ambos son prácticamente palpables: Bruckner es originario de la católica Alemania del sur, mientras Brahms era protestante, lo que se nota en su manera de acercarse a la creación. A pesar de las enormes diferencias existentes por otro lado entre Brucker y Mahler, ha sido muy frecuente la asociación, a veces forzada, entre ambos. Probablemente esta viene determinada por la similitud aparente de su gigantesca producción sinfónica, pues ambos compusieron nueve sinfonías, todas ellas extensas y monumentales; sinfonías que por su magnitud, la energía y la orquestación superaron a las de Brahms. Para ambos está muy presente la canción popular austriaca, construyendo con ella movimientos enteros en el estilo de la melodía del Lände. Ambos estuvieron intensamente influidos por Wagner, y los dos sufrieron la influencia todavía más profunda de Beethoven. Al margen de las semejanzas, sus diferencias eran enormes. Bruckner persigue el reposo, la certidumbre, la ingenuidad, el regionalismo; Mahler la inquietud, la duda, el refinamiento, la universalidad.

Su Sinfonía n.º 9 en Re menor fue iniciada en agosto o septiembre de 1887, y su composición llega incluso hasta el día de su muerte. El estreno de los tres movimientos terminados fue dirigido por Ferdinand Löwe el 11 de febrero de 1903. La obra presenta numerosos rasgos comunes con sus sinfonías anteriores, pero lo que en algunas de las anteriores podía parecer excesivo, aquí se presenta con maestría y sofisticación. El resultado es una música con notable impacto emocional, desde el poderoso primer movimiento, a través del demoníaco Scherzo o el tortuoso Adagio. Aunque siempre trabajaba de manera extremadamente meticulosa, y todas sus sinfonías anteriores requirieron largos períodos de gestación, nueve años dedicados a una sola obra parecían definitivamente algo desmesurado y sin precedentes. Existieron varias razones por las que, a pesar de su ferviente deseo de concluirla, nunca llegó a hacerlo: su salud empeoró mucho, presentando ya síntomas de inestabilidad mental; su devoción religiosa, que siempre había sido fuerte, en sus últimos años quedó fuera de control, como demuestra su obsesivo deseo de dedicar la Novena a Dios. Pasaba horas orando y llegó a decir: «Si Dios no se ocupa de mí para que concluya esta sinfonía, él debe asumir la responsabilidad de que no lo haga.»

No fue sino hasta 1932 cuando se dio a conocer la versión original de la Novena. El 2 de abril de ese año Siegmund von Hausegger dirigió en un mismo concierto la versión bien conocida de Löwe y la que entonces era la versión original desconocida. El veredicto fue unánime: la reescritura de Löwe fue retirada y las intenciones originales de Bruckner se conservaron y fueron publicadas, eligiéndose desde entonces como la opción principal para su interpretación. Bruckner decidió tanto su estilo como su concepción de la forma sinfónica muy temprano en su carrera y posteriormente los refino pero nunca los modificó, a diferencia de un compositor como Beethoven. Es por eso que la Sinfonía n.º 9 es la culminación de este desarrollo. Presenta muchos rasgos en común con sus sinfonías anteriores, pero los lleva aún más, si cabe, a un punto realmente sobrecogedor y absolutamente genial.

Sinopsis:

Llegamos al final del camino. La Sinfonía n.º 9 marca la conclusión de uno de los momentos cumbres en la historia de la Orquesta Estatal de Berlin y Daniel Barenboim: la interpretación en una misma temporada de las seis últimas sinfonías del genial compositor austríaco Anton Bruckner.