La Orquesta Estatal de Berlin, bajo la dirección del gran Daniel Barenboim, se acerca al final de su viaje con las seis últimas sinfonías del austríaco.

El estilo compositivo de Anton Bruckner (1824-1896) es definible de diversas maneras según las obras sobre las que nos detengamos. Sin embargo, quizá en toda ellas se encuentran acentos tradicionales de la música romántica alemana. Bruckner parece tomar ante la música una postura beethoviana. Sus sinfonías, casi inabarcables, combinan la música ingenua y conmovedora, la sencillez de la inspiración con procedimientos wagnerianos, para lograr un apabullante complejo de monumentalidad. Es quizá una mirada ausente de pasión, remplazada por un gusto constante por la solemnidad, casi grandilocuente, y sobre todo una espiritualidad realmente honda. Formalmente sus sinfonías no son más que ampliaciones de la sinfonía beethoviana, aunque no son amplificaciones debidas a necesidades del pensamiento, pues en ellas asistimos a una curiosa multiplicación de los temas, de los instrumentos y de los desarrollos. Todo es intencionado en sus sinfonías y su música coral. La música de Bruckner, con su sonoridad semejante a la de un órgano, su grandeza en el tiempo y el espacio, resulta de gran convicción, de una arquitectura casi catedralicia, que en la orquestación de las sinfonías sufre evidentemente la influencia de la registración organistica. Wilhelm Furtwängler decía de su estilo sinfónico que era una especie de mística gótica.
Comenzada a componer en 1884, inmediatamente después de terminar la Séptima, y todavía con la euforia del éxito conseguido, la Sinfonía n.º 8 en do menor tiene una historia difícil, pues es junto con la Tercera y la Cuarta la que reviste un historial de revisiones más complejo. Su primera versión fue terminada en 1887. Todo parecía presagiar que la Octava —la más extensa de todas sus sinfonías— alcanzaría un éxito similar al que había acompañado desde su estreno a la Séptima. Y por eso el 4 de septiembre de 1887 escribió a Hermann Levi con gran jubilo: «¡Aleluya! Mi padre artístico debe ser el primero en conocer la noticia de que la Octava ha sido concluida.» Cuando Levi examinó la partitura, no pudo ser más tajante: «es inejecutable». Pidió a Franz Schalk, discípulo de Bruckner, que le hiciera conocer su opinión. Al conocerla cayó en una notable crisis, describiendo tiempo después ese período como un infierno. Aun así, en marzo de 1889 comenzó la segunda versión de la Octava, una versión que le ocuparía hasta el 10 de marzo del año siguiente. En su espíritu, la nueva partitura representaba un logro total. Tras su revisión, la sinfonía conoció gran éxito en su estreno en Viena el 18 de diciembre de 1892 en interpretación de la Filarmónica de Vierna y la dirección de Hans Richter. La crítica la nombró incluso como «sinfonía de las sinfonías». Hans Relich dijo de ella: «es prometeica en su estructura, fáustica en su espíritu, panabarcativa en su esfera emocional, franqueando el abismo que media entre el idilio pastoral de la Alta Austria y la sublimación de lo religioso».
Se conservan dos manuscritos autógrafos de la sinfonía [1887 y 1890], y además de estos existen más esbozos de las diferentes fases de composición que de ninguna otra sinfonía. Las versiones y ediciones ejecutables de la sinfonía son las siguientes: I. versión de 1887, conocida como la primera versión de Bruckner, pero no editada hasta 1972, preparada por Leopold Nowak; II. Adagio en versión de 1888; III. versión de 1890, que varios estudiosos sugieren como producto de la inseguridad de Bruckner, y de la presión de sus colaboradores, como el director Josef Schalk; IV. versión de 1892, que es la primera publicación de la sinfonía, y la que se utilizó para el estreno en Viena, los cambios fueron hechos por Schalk, probablemente sin intervención de Brucker, aunque este diera su aprobación final antes de la publicación y de las sucesivas interpretaciones; V. versión de Robert Hass –que se interpreta aquí–, editada en 1939, y basada en el autógrafo de 1890, pero incluyendo numerosos pasajes de la versión de 1887 que habían sido omitidos o modificados en la primera.
Sinopsis:
Seguimos ofreciéndoles uno de los hitos sinfónicos más destacados de los últimos años, la integral de las sinfonías de «madurez» del genial compositor austríaco Anton Bruckner. Como es habitual, la Orquesta Estatal de Berlin y su director titular, Daniel Barenboim, les guían en tan esplendoroso viaje.