El violonchelo se vuelve protagonista en esta gran velada en la que el conjunto francés interpreta dos fantásticas obras de los autores alemán y austríaco.

El violonchelo es uno de los instrumentos preferidos por muchos autores a lo largo de la historia, al menos desde que naciera como instrumento solista en la segunda mitad del siglo XVII, cuando Domenico Gabrieli –un compositor boloñés conocido como Minghino dal violoncello– compone las primeras obras que se han conservado para violonchelo solo. Desde ese momento, y pasando por algunos de los hitos en la historia del instrumento, especialmente con la creación de las seis suites para violonchelo solo de Johann Sebastian Bach, el instrumento fue ganando en importancia, de tal manera que terminó por derrocar de su posición de privilegio en toda Europa a un instrumento en cierta manera similar, la viola da gamba, que era por entonces el instrumento grave de cuerda frotada favorito. A partir de este momento comienza la época de los conciertos, y ya algunos compositores famosos en el género le dedican algunos grandes conciertos, como Antonio Vivaldi.

Llegando al Clasicismo nos encontramos con algunos grandes autores que le dedicaron tiempo al instrumento, sin ser en este momento, por otra parte, un instrumento especialmente requerido, al menos en comparación con el violín. El compositor austríaco Franz Joseph Haydn (1732-1809) compuso especialmente dos de los conciertos más fantásticos del género, a pesar de que no se conservan muchos conciertos para instrumentos de cuerda frotada del autor. El Concierto para violonchelo y orquesta n.º 1 en Do mayor, Hob. VIIb:1 es, junto con el segundo, uno de los más célebres dentro de la literatura concertística para el instrumento en todo el siglo XVIII. Compuesto entre 1761 y 1765, fue dedicado probablemente a Joseph Weigl, el mayor virtuoso del instrumento que había entonces en la corte de Esterházy, de la cual Haydn era el director, y para la que compuso la gran mayoría de sus excepcionales sinfonías. El concierto se perdió durante décadas, hasta que fue encontrado en la segunda mitad del siglo XX entre los documentos de archivo de un castillo centroeuropeo. Tras algunas primeras dudas sobre su autoría, algunos de los grandes expertos en la obra de Haydn adjudicaron sin ninguna duda la obra a su mano, pasando desde ese momento a formar parte del repertorio habitual de los violonchelistas a lo largo y ancho del mundo. Este primer trabajo, contemporáneo de sus sinfonías 6, 7 y 8, muestra ya un Haydn con gran maestría en la escritura instrumental. La parte del chelo solo es totalmente idiomática y el concierto refleja la forma ritornello del concierto barroco, así como la estructura que emerge de la forma sonata-allegro.

En el período romántico el chelo continuó enriqueciéndose con repertorio del concierto, pero también de la sonata solista y de cámara. Una de las obras más destacadas pertenece a Franz Schubert (1797-1828). Se trata de la Sonata en la menor para arpeggione y piano D 821, compuesta en noviembre de 1824 en Viena. Esta sonata es la única composición de importancia para el arpeggione, y prácticamente el único motivo por el que se recuerda dicho instrumento, que actualmente prácticamente se ha perdido. El arpeggione era un instrumento de cuerda frotada, también conocido como guitarra-violonchelo o guitarra de amor, que fue inventado en Viena en 1823 por Johann Georg Stauffe. Tenía seis cuerdas que se afinaban como una guitarra, contaba con trastes en el diapasón, se sostenía entre las piernas como una viola de gamba y se tocaba con arco. El nombre de arpeggione venía dado por el supuesto de que sería más fácil realizar arpegios en este instrumento, por su afinación como una guitarra. La sonata hoy día se interpreta con violonchelo, incluso aquí tenemos este arreglo para orquesta realizada por Dobinka Tabakova.

Sinopsis:

Les invitamos a disfrutar de uno de los instrumentos más fascinantes de cuantos existen: el violonchelo. Su sonoridad aterciopelada, la hermosura de su registro grave y su superlativo poder expresivo, lo han convertido en instrumento predilecto de muchos autores. Dimitri Maslennikov interpreta dos fantásticas obras del repertorio, la Sonata Arpeggione, de Franz Schubert –en un arreglo con orquesta–, y el Concierto para violonchelo n.º 1 en Do mayor, de Franz Joseph Haydn. Está acompañado por la exquisita Orquesta de Cámara Nouvelle Europe y la batuta de Nicolas Krauze.