Continuamos con el hito que Daniel Barenboim firma al frente de su orquesta berlinesa, la interpretación de las seis últimas sinfonías de Bruckner.

Anton Bruckner (1824-1896) es un compositor austríaco, una de las figuras más innovadoras de la segunda mitad del siglo XIX, que es recordado principalmente por sus sinfonías y composiciones sacras. Su música hunde sus raíces en las tradiciones formales de Ludwig van Beethoven y Franz Schubert, pero pasadas por el tamiz armónico y de la orquestación wagneriana. Hasta el final de su carrera su reputación se basaba principalmente en sus habilidades de improvisación en el órgano, hasta que se ha ido descubriendo y respetando como uno de los sinfonistas de mayor talento, no solo en el Romanticismo y Postromanticismo, sino en toda la historia de la música occidental. Destacado maestro, fue responsable de hacer llegar el sistema de contrapunto ideado por Simón Sechter a una toda generación de estudiantes vieneses. Fue en Linz donde consiguió el puesto de maestro de órgano de su catedral, el lugar en el que se acercó con mayor intensidad a la obra de Ludwig van Beethoven y Richard Wagner, que le reveló un universo expresivo que nunca habría imaginado. A partir de su primer sinfonía (1866) Bruckner fue creando un estilo definido y personal que se centraba quizá más en una mirada hacia el futuro o al menos no tan anclada en la tradición clásica –en la que se había educado, como se observa en sus composiciones previas especialmente las corales–. Sus sinfonías, incomprendidas en su tiempo, expresan el amor a la naturaleza y la profunda fe del compositor, y componen una síntesis extraordinaria entre la armonía romántica más avezada y la tradición contrapuntística más severa, la cual ejerció una profunda influencia en un autor de importancia fundamental a posteriori como fue Gustav Mahler.
Su Sinfonía n.º 6, en La mayor está formada por cuatro movimientos y fue compuesta entre el 24 de septiembre de 1879 y el 3 de septiembre de 1881, siendo dedicada a su mecenas, el Dr. Anton Van Ölzelt-Newin. Aunque posee muchos rasgos característicos de las sinfonías del autor, difiere en algunos aspectos del grueso de su producción. Algunos estudiosos, como Redlich, han ido más allá para señalar la ausencia de huellas del estilo bruckneriano en la composición de su Sexta, explicando así el poderoso desconcierto surgido entre la crítica y el público en el estreno de la misma. Para Robert Simpson aunque esta no es la más interpretada de sus sinfonías y ha sido considerada en múltiples ocasiones como la más floja de sus sinfonías «maduras», no solo evoca una inmediata sensación de rica y expresiva individualidad, sino que posee unos temas excepcionalmente bellos, con armonías que contienen momentos audaces y al mismo tiempo sutiles, además de una orquestación que es probablemente la más imaginativa que Bruckner ideó jamás, mostrando un dominio de las formas clásicas que llegó a impresionar incluso a Johannes Brahms.
En el momento en que Bruckner comenzó la composición de la Sexta, únicamente tres de sus sinfonías habían sido editadas e interpretadas ante el público. Además, el reciente y catastrófico estreno de la Tercera no auguraba nada bueno. La composición de la Cuarta marcó el inicio de lo que algunos han dado en llamar la «Tetralogía Mayor», formada por las sinfonías con tonalidades mayores, la cual le ocupó una década entera. La composición del Quinteto de cuerda y de la Sexta Sinfonía supuso su entrada en un nuevo período composicional dentro de la etapa de la «Tetralogía Mayor». De cualquier modo, esta Sexta mantiene fuertes y profundos lazos con la Cuarta y la Quinta, estando considerada como la respuesta reflexiva y humanística a estas dos que la preceden. Las críticas recibidas fueron similares a las obtenidas por las sinfonías precedentes. Mientras que Bruckner la consideraba «su sinfonía más atrevida», el resto del mundo parecía no tener la misma estima por ella.
Sinopsis:
Sigan disfrutando de un viaje maravilloso por uno de los corpus sinfónicos más fascinantes del siglo XIX, el de las sinfonías «maduras» de Anton Bruckner, sus seis últimas sinfonías, de la mano magistral de Daniel Barenboim al frente de la Orquesta Estatal de Berlin.