Daniel Barenboim se acerca a la inmensa figura de Bruckner, uno de los maestros más respetados en la creación sinfónica de la historia.

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Hay algunos nombres en la historia de la música que han pasado directamente a encumbrase en relación a un género concreto. Si la música para tecla es inmediatamente asociada a Johann Sebastian Bach, los madrigales a Claudio Monteverdi, los conciertos para piano a Wolfgang Amadeus Mozart, o los conciertos para violín a Antonio Vivaldi, el género sinfónico, tiene, sin embargo, muchos nombres a los que se recurre de manera automática. Quizá Ludwig van Beethoven, el propio Mozart o Franz Joseph Haydn son los más recurrentes, sin embargo existen otros, que sin ser tan célebres deben estar, por méritos más que sobrados, entre la lista de los mejores sinfonistas de la historia. Johannes Brahms, Jean Sibelius o Anton Bruckner (1824-1896) son algunos de ellos. Este último, compositor y organista alemán de enorme talento, tiene ganado, gracias a sus nueve sinfonías, el título de uno de los mejores sinfonistas de la historia.

Compuso su Sinfonía n.º 4 en Mi bemol mayor entre el 2 de enero y el 22 de noviembre de 1874. Bruckner, que sin embargo era muy dado a revisar sus composiciones, volvió a ella el 18 de enero de 1878 y el 5 de junio de 1880. Es esta última, la versión denominada «de 1880» o «de 1878/1880», la que se llevó a estreno cuando Hans Richter la interpretó con la Filarmónica de Viena el 20 de febrero de 1881. El director Anton Seidl preguntó en cierta ocasión a Bruckner si tenía previsto realizar más cambios, y este volvió a revisarla en 1886, versión esta que Seidl dio a conocer con la Filarmónica de New York el 16 de marzo de 1888, en la capital neoyorquina. En ese momento la versión de 1874 de la obra ya había sido escuchada allí, en la versión de la Sociedad Sinfónica de New York con Walter Damrosch al frente, el 5 de diciembre, 1885, que por lo que se sabe fue la primera interpretación en Estados Unidos de una obra de Bruckner.

La Cuarta Sinfonía de Bruckner es la única de sus nueve a la que dio un subtítulo. A pesar de que no era esencialmente un compositor romántico –al menos en el sentido en que figuras como Weber, Schumann, Mendelssohn y Wagner encarnan los ideales del movimiento estético llamado Romanticismo–, esta sinfonía del autor alemán evoca el Romanticismo teutón en sus alusiones a la caza y, por extensión, en su brillante escritura en los instrumentos que más se asocian con la persecución, los trompas. En el fondo Bruckner se preocupa más de cerca por la improvisación y la fantasía formal que por el estructuralismo clásico, el cual transige en varias ocasiones. Parece bastante razonable pensar que Bruckner tenía en mente un programa para esta obra, al menos así parecen evidenciarlo algunas declaraciones, como las que aparecen en una misiva al director de orquesta Hermann Levi del 8 de diciembre de 1884: «en el primer movimiento, tras una larga noche de sueño, la trompa anuncia el nuevo día; en el segundo movimiento, canción; en el tercero, entretenimiento musical de los cazadores en el bosque.» En otra carta, ahora al compositor Paul Heyse, el 22 de diciembre de 1890, comenta: «en el primer movimiento de la Cuarta Sinfonía «Romántica» la intención es reflejar la trompa que proclama la llegada del día desde el Ayuntamiento. Arranca entonces la vida cotidiana. En el Gesangsperiode [el segundo sujeto temático] el tema es el canto del carbonero Zizipe. Para el segundo movimiento: canción, plegaria, serenata. En el tercero: cacería, y, en el Trio, como un organillo que toca durante el almuerzo en el bosque.» El autógrafo del Scherzo y el Finale de la versión de 1878 contiene anotaciones como Jagdthema (tema de caza), Tanzweise während der Mahlzeit auf der Jagd (aire de danza durante el almuerzo en la cacería) y Volksfest (festival popular). No parece haber ninguna clase de programa para la tercera versión (1880) del movimiento final de la sinfonía.

Sinopsis:

Si disfrutan especialmente con el género sinfónico, no pueden perderse este programa, en el que el gran director argentino-israelí Daniel Barenboim se pone al frente de la Orquesta Estatal de Berlin para interpretar una obra única: la Sinfonía n.º 4 , «Romántica», de Anton Bruckner. Una comunión fascinante entre compositor, orquesta y director que les mantendrá pegados a sus asientos durante más de una hora.