Una de las grandes óperas de la historia de la música en producción de la Ópera Estatal de Berlin de la mano de Barenboim y un espectacular elenco vocal.

Las óperas de Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791) se encuentran, por méritos propios, entre lo más granado de la historia de la música occidental. Son muchos los aspectos que dan pábulo a esta genialidad creadora. Son de especial interés los títulos compuestos con la inestimable ayuda del libretista Lorenzo da Ponte (1749–1838), una de las luminarias de la creación textual para la ópera del momento, que firmó junto a Mozart probablemente la trilogía operística más destacada de la historia: Le nozze di Figaro (1786), Don Giovanni (1787) y Così fan tutte (1789). Le nozze di Figarose estrenó en Viena el 1 de mayo de 1786, justo tres años antes de que estallara la Revolución Francesa. A esto hay que añadir que el libreto de da Ponte se basaba en Le Mariage de Figaro, obra del francés Pierre-Augustin de Beaumarchais (1732-1799) que se considerada realmente subversiva, hasta tal punto que había sido prohibida en gran parte del continente, por lo que no hemos de extrañarnos ante la visión que se tiene de esta ópera como la representación de la caída de una aristocracia degenerada (el conde de Almaviva) y la ascensión de las clases populares (Figaro).

El título de la obra, La jornada loca, o La boda de Figaro, ayuda a disminuir el aspecto «político» de la obra. Dentro de la tradición de la commedia dell’arte, los sirvientes siempre consiguen dar su merecido a sus lascivos amos y las mujeres siempre demuestran ser más listas que los hombres. Pero se mantiene con precaución la manera de mostrarlo. Esto es aún más claro en lo que se refiere al libreto operístico, en el que da Ponte ha eliminado con sumo cuidado aquellos elementos más problemáticos del texto de Beaumarchais, del tal forma que tanto la obra de teatro como la ópera se pueden ver como un pequeño drama doméstico que tiene lugar en un remoto palacio español, por lo que la Revolución queda muy lejos. Pueden que la problemática doméstica quedara a Mozart bastante cercana, pues acababa de tener algunos problemas con su propia boda con la cantante Costanze Weber en 1782, para la que no había contado con el consentimiento de su padre. Había también otros aspectos que atraían a Mozart: su abundante comicidad, ingeniosos juegos de palabras, humor visual basado en un ágil movimiento escénico, y un enorme potencial musical. Incluso la misma obra teatral precisaba música en cinco momentos distintos –uno de ellos se convirtió en el Voi che sapete del segundo acto, y otro en el final del tercer acto– y hay otras dos ocasiones en las que aparecen canciones de corte popular.

Mozart, configura la ópera para nueve cantantes, con dos de ellos doblando personajes, y un pequeño coro, además de una orquesta habitual provista de violín I/II, viola, violonchelo, contrabajo, 2 flautas, 2 oboes, 2 clarinetes, 2 fagotes, 2 trompas, 2 trompetas, clave y timbales. A cada uno de los cantantes le correspondía un número determinado de arias solistas dependiendo de su rango en la obra, lo cual explica en parte la sobreabundancia de dichas arias en el último acto. Del mismo modo parece que la compañía del Burgtheater trabajaba bien en equipo y podía cantar con solvencia los números de conjunto, una de los verdaderos puntos fuertes de la obra. En esta obra Mozart es capaz de mostrar todo lo que ha aprendido gracias a la composición de sinfonías, conciertos y cuartetos. Su gran dominio del contrapunto nos retrotrae a sus seis cuartetos «Haydn», que le permitía combinar líneas musicales contrastadas para obtener una determinada caracterización dramática. Su talento con el manejo de las dinámicas de la forma sonata parece ayudarle a la hora de hacer uso de la disonancia tonal que reflejara los diferentes giros argumentales. Los tríos del primer y segundo acto, los finales del segundo y cuarto, y el fantástico sexteto del tercero dan probadas muestras de una nueva concepción de los números de conjunto, quizás el aspecto más fascinante e intemporal de la obra. La obra está repleta de detalles teatrales y hace gala de un ritmo dramático extraordinario. Se sirve también de manera muy lograda de la música de baile, tanto de los nobles minuetos con los que los sirvientes desafían a sus amos, como del fandango que puntea el final del tercero. Le nozze di Figaro es, sin ninguna duda, un ejemplo magnífico de comedia musical en el más alto sentido del término.

Sinopsis:

Le nozze di Figaro mozartiana es sin duda uno de los títulos de mayor relevancia en la historia del género operístico, por diversas razones. Les invitamos a descubrirlas todas en esta producción alemana que corre a cargo en la dirección de escena de Thomas Langhoff y la musical de Daniel Barenboim, que acompañan a un plantel de solistas de auténtico lujo, protagonizado por Dorothea Röschmann, René Pape y Roman Trekel.