Una de las obras sacras más imponentes del siglo XIX de la mano del compositor italiano y el director venezolano.

Las grandes orquestas sinfónicas se afanan permanentemente por fichar a los mejores directores del panorama, existiendo, por lo demás, estrellas que son más solicitadas que otras. En los últimos años la figura de Gustavo Dudamel se ha erigido como una de las más rutilantes y destacadas en la dirección orquestal a nivel mundial. Educado en la música desde la infancia –hijo e un trombonista y una cantante–, Dudamel obtuvo una cuidada educación musical dentro de «El Sistema» y con doce años dirigió por primera vez la orquesta de Barquisimeto por casualidad, lo que sin duda cambiaría su vida. Rápidamente se convirtió en el asistente del director de la orquesta y a los quince años se alzó en el podio de la Orquesta Juvenil Simón Bolívar. A partir de ahí, su carrera iría de éxito en éxito y de orquesta en orquesta, pasando a estar al frente de varias de las orquestas sinfónicas más importantes del mundo.

«Y con él se va la más pura, la más sagrada, la mayor de nuestras glorias. He leído muchos periódicos y ninguno habla de él como debiera. Muchas palabras pero pocos sentimientos hondos…». Con estas palabras se expresaba Giuseppe Verdi a su amiga la condesa Maffei en una de sus conversaciones epistolares, pocos días después de la muerte de Alessandro Manzoni, el escritor e idealista del Risorgimento, con el que el Verdi se sentía profundamente identificado. El compositor italiano tuvo la iniciativa de realizar un homenaje a quien consideraba el mayor poeta de su época, y propuso al Ayuntamiento de Milán la idea de componer un Requiem que se estrenaría el mismo año de su muerte, 1874. No se trata de una idea novedosa, pues ya con la muerte de Rossini, varios años antes, planteó que varios compositores crearan juntos un Requiemdel que él mismo fue el autor de su Libera me, aunque posteriormente el proyecto no llegó a cristalizar, por lo que se aprovechó de aquella composición con algunas variaciones para el presente Requiem.

Verdi contaba entonces sesenta años y se hallaba inmerso en un prolongado silencio musical, pues tras la creación de Aida se había dedicado sobre todo a los cultivos de su finca de Sant’Agata y a la filantropía. De cualquier manera su genio todavía daría luz a tres prodigiosas obras: este Requiem (1874), Otello (1887) y Falstaff (1893). Bernard Shaw afirmaba, con poca visión de futuro, que su Requiem sería lo único de Verdi que sería recordado. Se equivocó considerablemente, pero sí supo valorar con mucha antelación que se trataría de una de las absolutas obras maestras del autor italiano. Para algunos se trata de «la mejor ópera de Verdi», entendiendo entre líneas lo que esto significa. Hay en esta obra ecos beethovenianos, pero también del último Haydn, de Mozart y de Cherubini, incluso de Berlioz. Verdi, un agnóstico convencido, se afanaba por ser enemigo de la hipocresía y el clero, y crea en esta partitura una obra más pensada para la representación concertante que para la liturgia. Es por eso que a su estreno en la catedral de Milán se sucedieron tres representaciones en la Scala de la ciudad.

En la obra utiliza una plantilla de orquesta igual a la de Don Carlo: violín I/II, viola, violonchelo, contrabajo, 3 flautas, piccolo, 2 oboes, 2 clarinetes, 4 fagotes, 4 trompas, 8 trompetas, 3 trombones, oficleido, timbales y bombo. La pieza se estructura en siete movimientos en los que se plasma su reflexión sobre la muerte, en gran medida por la tragedia de la pérdida de su primera esposa y sus dos hijos, que le marcó poderosamente durante toda su vida, tanto en lo personal como en lo profesional. En su Requiem hay un claro interrogante musical que se abre frente a ese momento vital y hacia la búsqueda de un sentido sobre la vida. De esta manera la música se abre paso a través de la oscuridad hacia la luz, consiguiendo siempre un gran sentimiento de melancolía y, por encima de todo, una notable defensa de la dignidad humana.

Sinopsis:

Disfruten del joven talento de la dirección orquestal, el venezolano Gustavo Dudamel, quien se pone al frente de los conjuntos angelinos, Orquesta Filarmónica y Los Angeles Master Chorale, para interpretar una de las obras cumbres de la literatura sinfónico–coral de corte sacro en el siglo XIX, el Requiem de Giuseppe Verdi, que demuestra su dominio vocal no solo en el terreno operístico. Les acompañan un elenco vocal de lujo protagonizado por Juliana Di Giacomo, Michelle DeYoung, Vittorio Grigolo e Ildebrando D’Arcangelo.