Estreno del director venezolano al frente de la orquesta angelina en un doble programa sinfónico de primer nivel.

Gustavo Dudamel es sin duda uno de los directores referenciales en el panorama de la música clásica actual. A pesar de su juventud, el artista venezolano llevo años ocupando un lugar de privilegio en el complejo y exigente mundo de la dirección orquestal, merced a su gran talento musical y su enorme carisma. Se formó desde su infancia en el Sistema Nacional de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles de Venezuela, obra social y cultural del Estado venezolano, también conocida como «El Sistema». Fue concebido y fundado en 1975 por el maestro y músico venezolano José Antonio Abreu para sistematizar la instrucción y la práctica colectiva e individual de la música a través de orquestas sinfónicas y coros, como instrumentos de organización social y de desarrollo humanístico. Un movimiento fundamental en el desarrollo musical y pedagógico del país, que reconoce al movimiento orquestal como una oportunidad para el desarrollo personal en lo intelectual, en lo espiritual, en lo social y en lo profesional, rescatando al niño y al joven de una juventud vacía, desorientada y desviada. Dudamel es sin duda el buque insignia de «El Sistema», su miembro más visible e importante a nivel mundial. La pasión con la que dirige continúa vigorizando a públicos de todas las edades en todo el mundo. Actualmente es el director musical de la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar de Venezuela (OSSBV) y de la Filarmónica de Los Ángeles (LA Phil), y el impacto de su liderazgo musical se siente en varios continentes. Mientras su compromiso como director musical en los Estados Unidos y Venezuela representa la mayor parte de su calendario anual, Dudamel es invitado cada temporada a dirigir algunas de las más prestigiosas orquestas del mundo. El concierto aquí presentado supone su primer concierto oficial como director titular de la Orquesta Firlarmónica de Los Angeles tras su nombramiento en agosto de 2009.
Se interpretan dos piezas, de corte casi diametralmente opuesto. Se abre el concierto con City Noir, obra del compositor estadounidense John Adams (1947) que supone además su estreno mundial. Adams es un compositor y director de orquesta de los más destacados entre su generación en EE.UU. Es el responsable de llevar el minimalismo a una nueva dimensión, además de crear algunas óperas que transcienden el género y que plantean temas tan contemporáneos como curiosos. No le ha importado transgredir la línea que separa la música académica de los géneros populares para crear un corpus compositivo moderno –en el mejor sentido– y que ha sido programado por muchas de las grandes orquestas del mundo. City Noir es una obra para orquesta sinfónica, que Adams compuso por encargo conjunto de Los Angeles Philharmonic Association y London Symphony Orchestra en asociación con la Cité de la Musique, el Zaterdag Matinee y Toronto Symphony Orchestra. La obra se estructura en tres movimientos y su plantilla orquestal se compone de: cuerda, 2 arpas, piccolo, 3 flautas, 3 oboes, corno inglés, 3 clarinetes, clarinete bajo, 2 fagotes, contrafagot, saxofón, 6 trompas, 4 trompetas, 3 trombones, tuba, timbales, 5 percusionistas, batería de jazz, celesta y piano. Presenta partes solistas para viola, contrabajo, saxofón, trompeta, trombón, tuba y trompa. Parece que Adams se inspira en la obra de Darius Milhaud al crear una textura de música sinfónica con inflexiones del jazz, para una obra de gran fuerza expresiva con una orquestación pulida y un manejo muy interesante del ritmo.
El concierto se cierra de la mano de Gustav Mahler (1860-1911), uno de los compositores fetiches para Dudamel. Compositor y director austriaco, escribió obras de gran formato sinfónico y lieder –muchos de ellos con orquesta– y desarrolló una carrera como director de orquesta que se tornó poderosa e innovadora, pues como director de la Wien Hofoper entre 1897 y 1907 fue capaz de proporcionar un modelo del idealismo postwagneriano para el teatro musical alemán. Sus composiciones fueron consideradas inicialmente por algunos como excéntricas y por otros como nuevas expresiones del modernismo de la «Nueva Alemania» ampliamente asociada con Richard Strauss. Sólo durante la última década sus obras comienzan a disfrutar del apoyo crítico y el éxito del público que ayudó a asegurar la supervivencia póstuma de su reputación como compositor más allá de los años del nacionalsocialismo en Alemania y Austria. Mahler sufrió el destino de innumerables compositores de origen judío que fueron prohibidos en un momento en que su música era todavía poco conocida y comprendida fuera de los países de habla alemana de Europa. El centenario de su nacimiento en 1960 inspiró el redescubrimiento popular de sus sinfonías, sobre todo en Inglaterra y los EE.UU., donde se hicieron rápidamente un público joven y entusiasta. La tensión, el compromiso apasionado y el poder a menudo catártico de su música adquirieron una resonancia que se vio incrementada, en un periodo marcado por los movimientos de protesta, por la experimentación crítica y por unas ideas y estilos de vida poco convencionales. Hoy día es visto como una figura histórica que emerge como un mediador entre la tradición musical austro-alemana y los principios de la modernidad del siglo XX.
Su Sinfonía n.º 1, intitulada Titan, fue comenzada en el año 1884, sin embargo no como una sinfonía, sino como un poema sinfónico de grandes dimensiones y que adquiere el título de Titan por la novela homónima de Jean Paul, a pesar de que en realidad parece que Mahler no se inspiró en ella para la composición. Mahler utiliza material procedente de su malograda ópera Rübezahl y trabajó sobre ella de forma recurrente y casi obsesiva. Terminada en 1888, la primera versión se estrenó en Budapest en 1889, llevando como nombre Symphonische Dichtung in zwei Teilen, siendo en 1983 cuando la reestrena en Hamburg bajo el nombre de Titan, aunque todavía volvería a trabajar sobre ella y finalmente se estrenará en Berlin (1896) ya sin el sobrenombre y en la forma que nos ha llegado finalmente. La sinfonía quedó finalmente estructurada en cuatro movimientos, que conforman una pieza que requiere una plantilla orquestal de dimensiones enormes: cuerda, arpa, 4 flautas, 2 piccolos, 4 oboes, corno inglés, 5 clarinetes, clarinete bajo, 3 fagotes, contrafagot, 7 trompas, 4 trompetas, 3 trombones, tuba, 5 timbales y percusión. A pesar de todo, Mahler desafía la escritura de su propia escritura grandilocuente, ya que apenas utiliza todos los instrumentos de los que dispone salvo en el último movimiento, quedando los restantes con la cuerda y viento madera como principales protagonistas. Obra de transgresora factura, sufrió un estreno en cierta manera complicado y bastante frío por parte del público y la crítica. Al igual que para muchos de sus colegas directores, la obra era vista como una pieza demasiado moderna y transgresora, especialmente por la concepción burlesca de la marcha fúnebre en el tercer movimiento, además de un último movimiento que se alejaba demasiado de los cánones clásicos a los que se estaba acostumbrados. Sea como fuere, la obra se revela, como sucede en muchas ocasiones, como una obra genial que no es comprendida en su momento, quizá porque se adelantada varios años a lo que está por llegar, denotando así la capacidad creadora de Mahler, que sin duda apoyan la visión actual de que es uno de los compositores más trascendentes de finales del XIX.
Sinopsis:
Programa doble dirigido por Gustavo Dudamel, la gran estrella y promesa ya establecida de la dirección orquestal actual, que se pone por primera vez al frente de la Orquesta Filarmónica de Los Angeles para interpretar un programa que tiene a Gustav Mahler, uno de sus compositores habituales, como gran protagonista, y que se completa con el estreno de una obra del estadounidense John Adams. Un programa de contrastes que les invitamos a descubrir.